Crítica y reseña de Paprika

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Valoración  ****

Tan capaz, como las criaturas de los sueños que la conforman, de modificar su aspecto y trascender su propio formato, Paprika, el último trabajo de Satoshi Kon, es en realidad una película de naturaleza maleable y expansiva, a la que se le ha quedado pequeño el cuerpo que la contiene. Si a través de Paranoia Agent, colosalista ejercicio de animación compuesto por 13 episodios, Kon desencriptó el inconsciente colectivo de una sociedad, la japonesa post Hiroshima, que había sublimado (erróneamente) la humillación de su derrota en la II guerra mundial con las mesiánicas luchas entre el bien y el mal a ojo de titán, que recorren la gran mayoría del manga y sus derivados; ahora, en Paprika, persiste como una rémora la obsesión por dotar de nuevo significado al anime y llevarlo más allá. Para ello toma una aventura de premisa philipkdickiana, pero de desarrollo luminoso y casi optimista, que enmascara bajo su aspecto varios de los lugares comunes del manga (las conspiraciones de las macrocorporaciones, los científicos locos y megalómanos, el doppelgänger o los enfrentamientos propios de las kaiju eigas) para lograr como en Paranoia Agent una reinvención de la esencia del anime. Sólo hay que ver la manera en que se resuelve el clímax final en la ciudad para ver como Kon ha dado nuevo nombre al tópico. Pero ¡ojo! no hay que restringir Paprika a una película que explore únicamente los límites del anime, porque en realidad Kon explora los de cualquier ilusión, y fundamentalmente, como no, los del cine.

Paprika es en definitiva la última confirmación de que a Satoshi Kon el mundo de lo conocido se le ha quedado pequeño. Su cine, como quizás la vida, necesita ir mucho más allá, superar lo real, y alcanzar lo infinito: liberarse de su piel, estallando en la forma de una apariencia completamente inabarcable. Así con una imaginería irreal, onírica, alucinada, y ¿por qué no?, también inmensa, consigue que las dos líneas narrativas de la película, la del policía y la de la investigación, además de alimentarse mutuamente, oculten bajo su superficie un sinfín de pequeñas historias apenas insinuadas, y esparcidas por el subsuelo como minas antipersona, que demuestran que para Satoshi Kon la única manera de alcanzar el verdadero corazón de una historia es a partir de lo ilusorio. O como real y auténtico, por más que se empeñen algunos, no tienen que ser necesariamente sinónimos.

Lo mejor: Su incansable inventiva y la marcha de la locura.

Lo peor: Cierto deja vú respecto a su propio cine.

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