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SPOILERS DE LA FINALE
Atendiendo a las diferencias entre 2 escenas similares de las respectivas finales de la 3ª y la 4ª temporada, podemos intuir el grado del cambio que se ha efectuado en Perdidos en este último año. El doctor Jack Sephard escuchando a Nirvana, en A través del espejo, y, en situación análoga, también más avanzada, a The Pixies, en No hay lugar como el hogar. Aun moviéndonos en el mismo género, hemos cambiado de registro. El desplazamiento nos lleva a los orígenes. Pues no es menor el detalle de que The Pixies era una de las bandas de referencia de la extinta Nirvana. Así que podíamos interpretar esta 4ª temporada como un atípico camino a la verdadera definición de la serie. El traslado de la ciencia ficción del subtexto, a su nueva localización, el contexto. Así los 14 episodios de este año funcionan como la escenificación de esa entrada en el rock duro, del primer acto de fe, para el que los perdidos, especialmente Jack, no tendrán respuesta. Ya lo habíamos intuido en el final de la tercera, ese no era el Jack que venía siendo.
Este año, por fin, hemos visto lo que vio. O mejor dicho lo que no vio. O mejor aún, lo que vio que dejó de ver. La isla desapareciendo ante sus ojos. Excusa suficiente para no mirar a otro lado, más que nada porque con la vista en otro lado tampoco iba a lograr encontrarla. Se entiende ahora mejor la elección de Hurley para abrir esta temporada. Él, el loco, es el único que podía dar sentido a los espejismos de la isla, ahora que ella, literalmente, es el gran espejismo. Y, todo esto, el punto sin retorno de Perdidos, su jump the shark, ha ido de la mano de la transformación de Jack, esa Alicia alcohólica del futuro, que empieza a preguntarse hacia donde va esta aventura. Puede que el resumen de esta finale esté contenida en un ataúd, que antes era un misterio, y que ahora es la magia embalsamada de un cadáver, que quién sabe si es bueno o no, que eche a andar. O puede que todo se trate de dejar de buscar la serie en medio del vacío, como algunos seguimos empeñados, y empezar a hacerlo en sus nuevas coordenadas. Y es que, por lo menos, hay que reconocerles a los guionistas que tienen buen gusto para la música.
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Teorías de Lost. De la secuencia (Javilon5). De la Rueda de Buddha (^BadNumber^)
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Parece que, casi desde el minuto uno de su existencia, John Locke estuvo condenado a experimentar en carne propia lo que es la claustrofobia. La lista es larga, las incubadoras del hospital, las taquillas en su adolescencia, la silla de ruedas que le impidió durante años… e incluso, para añadirle algo de mala leche al asunto, antes que cazador, Locke se hizo cajero. Así que resulta que el título de este episodio, Cabin Fever, alude en un doble sentido a la misma circunstancia, la llegada de John Locke a la Cabaña de Jacob, quizás el primer espacio cerrado en su vida, en el que no se va a sentir atrapado. Esta cabaña, que no sé si a alguien más le parece el elemento más lynchiano de toda la serie, nos brinda una escena antológica, Christian y Clarie esperando al hombre de fe para tomar el té, discrepar sobre el destino y pasarnos por debajo de la puerta un mensaje de Jacob: Hay que cambiar la isla de sitio. La idea, una ida de olla, tan temeraria como fascinante, posee resonancias mitológicas. Si no hace ni 7 días que andábamos discutiendo sobre el porqué de que Jack quisiera hundir el cielo sobre nuestras cabezas, ahora nos toca preguntarnos cómo Locke va a conseguir cargar una isla entera sobre sus hombros. La respuesta es más sencilla de lo que parece, el peso de toda una placa tectónica no le debe parecer tanto a alguien que ha llevado el cadáver de su padre a la espalda. La cosa, hay que reconocerlo, no deja de tener una ironía sublime. Va a ser el lisiado de esta aventura, el que acabe cargando con todo un continente entero.
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Etiquetado: David Lynch, John Locke, Lost, Perdidos, Twin peaks

Hará ya casi cuatro años de que en un maloliente tugurio de Sidney, un neurocirujano de reputada valía le contase a un timador, no menos mujeriego y borracho que él, dos cosas fundamentales para la vida. La primera, que los Red Sox jamás ganarán la liga, porque la gente prefiere sufrir. La segunda, que Australia es conocida como el culo del mundo, porque es lo más cerca que se puede estar del infierno sin llegar a quemarse. Varios días después, el avión en el que iba ese timador de poca monta, acabó estrellándose en una misteriosa isla del pacífico sur, que bien podría pasar por un perfecto purgatorio. En ese mismo vuelo, cosas del destino, iba también el hijo de dicho neurocirujano, otro médico, de aún más renombrado prestigio, incapaz de escapar del fantasma paterno. Con el tiempo el hijo acabó saliendo de la isla. Y terminó el viaje hasta llegar a la, cuidado con el nombre, celestial ciudad de Los Angeles. Allí alcanzó, pese a tanta turbulencia, su something nice back home. O como dice el pirado de su amigo Hurley, esto tiene que ser el cielo, tío. Sin embargo, ya sabemos por los últimos 5 minutos de la tercera temporada, que ese cielo no les sirve para ser felices. Quizá sea a lo que se refiere el mismo timador un episodio antes cuando afirma, que el cielo está a punto de caerse sobre nuestras cabezas. Y eso es lo que literalmente acabará deseando Jack, que el cielo se resquebraje. ¿O no le dice a Kate aquello de que su corazón se acelera, ante la posibilidad de que el avión vuelva a estrellarse?
Este episodio podría contener el perfecto final feliz para Perdidos, de ser esta una serie de finales felices. Jack contándole un cuento a su hijo, redimido como el gran padre de familia que jamás fue su viejo. Un folletín rosa truncado en pesadilla, al descubrirse la trampa de la escena. Jack, involuntariamente, está asumiendo el papel de Christian, al leerle a Aaron, tal como su padre le leía a él. Y para recordárselo, se produce el regreso de ese padre, que ya fue una vez el conejo blanco que lo llevó hasta la isla, y que se dispone a serlo de nuevo. No en vano, en el fragmento que recita Jack, se cuenta cómo Alicia entendió como verdadero lo que había de extraño a su alrededor y se dijo a sí misma. Si nada ha cambiado, entonces la que ha cambiado soy yo. ¿Quién diablos soy ahora?. Esa Alicia es el Jack del futuro. El Jack que ha empezado a creer en los milagros de la isla. Hay algo absolutamente revolucionario en todo esto, supervivientes que no desean ser rescatados, que incluso prefieren volver. Es como si Dorothy hubiese descubierto que Oz puede ser un sitio peligroso, pero a su vez absolutamente hermoso. O como si lograra darse cuenta, al fin, de algo que Jack lee en los periódicos en este mismo episodio: que los Red Sox este año no han ganado la liga. Y que es más que seguro, que tampoco la ganarán al siguiente.
P.D. Casi nadie opina lo mismo por lo que leo, pero para mi uno de los mejores episodios en mucho tiempo.
Análisis 4×01, 4×02, 4×05, 3×23, 2×24
Manson adapta a Lewis Carroll
Tideland. La Alicia retorcida.
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CONTIENE SPOILERS DEL CAPÍTULO
Episodio 3×08, Flashes before your eyes, Desmond llora desconsolado frente la fotografía que se hizo junto a Penélope el día en que decidieron romper; y es que el escocés acaba de regresar de ese justo instante, sin poder tampoco esta vez evitar caer en el mismo error. La paradoja es sencilla, Desmond está condenado a quedar atrapado por su pasado, ante la certeza de que sólo repitiendo ese fallo podrá conseguir algún día escapar de él. Parece como si necesitara reescribir su pasado en clave heroica, como si quisiera justificar el desprecio de Charles Widmore inventándose un futuro épico en el que acabará salvando a la humanidad pulsando la secuencia 4, 8, 15, 16, 23, 42 en una remota escotilla.
Ahora en el 4×05, The constant, los guionistas vuelven a por más de lo mismo, pero esta vez sin coartadas. Ciencia-ficción pura. No es esto lo que yo quería para Lost, pero he de reconocer que si funciona tan eficazmente como lo hace aquí, no puedo quejarme. Esta vez los viajes en el tiempo sí resultan reales, aunque sean mentales. Mientras que el episodio 3×08 trataba sobre el fatalismo del amor condenado por el implacable determinismo del tiempo, este habla de su supervivencia a través de la memoria, único recurso que nos queda ante la inevitabilidad. Desmond más que viajar al pasado, lo que hace es indagar en sus recuerdos, reales o simulados, hasta dar con el auténtico motivo que le ha mantenido con vida todos esos años, un número de teléfono que ninguna compañía ha dado todavía de baja. Matemática del azar para superar cualquier tipo de frontera. Homero interpretado a través de los postulados de Eisenstein. El héroe griego desmenuzado con ecuaciones de física cuántica. Bendita enfermedad esta de la isla que nos obliga a explorar en los límites de la consciencia la verdadera razón por la que existimos. Después de todo si Desmond olvidara a Penélope, ¿qué sentido habría tenido entonces su odisea? Supongo que la respuesta está en la poética de una vieja fotografía, tomada para inmortalizar un momento que no quiere quedarse quieto, y revelada ante una mente inmaculada que necesita no olvidar lo que un día fue. Eso sí que son viajes en el tiempo.
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Etiquetado: "The constant", "Viajes en el tiempo", Demond, Lost, Penny, Perdidos, Widmore

CONTIENE SPOILERS
Muerte confirmada es el título del 4×02 de Perdidos. De lo primero (muertes) sólemos tener bastante en la serie, a veces incluso demasiado, mientras que de lo segundo (confirmaciones) más bien poco. Siendo precisos en este episodio no sé nos confirma ninguna muerte, sino el espejismo de 324 de ellas, la de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic. Historia transversal que periódicos, radios y televisiones amplifican al nivel de tragedia, enmascarando la epopeya que realmente se está vivendo en la isla. Una noticia que devuelve las teorías conspiratorias al primer plano y que aparece como hilo conductor de la presentación del nuevo equipo de rescate, que con un inusual flashback (este es el primero que ocurre tras el accidente) se nos darán a conocer. 4 rescatadores, por cierto, a cada cual más desconcertante. Un físico chiflado que llora sin motivo al enterarse de que han encontrado los restos del avión, un cazanfatasmas fraudulento que quizá venga a exorcizar la cabaña de Jacob, una antropóloga social que, en un giro de tuerca a la iconografía de la serie, encuentra un oso polar en el desierto tunecino, y, por último, el piloto que realmente debería haber conducido el vuelo desde Sidney. Y esto es lo que más me gusta del peculiar rescate, que venga el piloto de verdad a recoger a sus pasajeros, a ver si acaba con el trabajo que su sustituo dejó a medias y se gana el sueldo de aquel día, completando el viaje hasta Los Ángeles, que en su momento no pudo realizar, en una de esas curiosas segundas oportunidades que, de vez en cuando, ofrece la Isla.
Mención especial
- A la broma de Walt más alto, al riñón de Locke, a la pregunta sobre el humo negro, a que se apueste más por el plano general, y a que los personajes se comporten con más coherencia que en temporadas precedentes
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Categorías: Series de televisión
Etiquetado: "confirmed dead", Lost, Perdidos

CONTIENE SPOILERS
Hay en este capítulo, consecuencia inevitable de la finale de la tercera temporada, algo de esa tristeza que esperaba escondida a asaltarnos, una vez que nos hubiéramos recuperado del efecto shock de los últimos 5 minutos de la famosa secuencia del aeropuerto entre Jack y Kate. Algo de esa ansiedad que se escapaba del ¡Tenemos que volver!, pero también algo de la desesperación que subyacía en el aparentemente inútil sacrificio de Charlie. Ambos, héroes de heroicidad frustrada, que al intentar conducir a sus compañeros hacia la liberación los habían colocado a sólo un paso de la condenación. Hay mucho de eso en la que es la mejor escena del episodio, cuando Jack le confiesa a Kate, frente a los restos del naufragio, que parece que ha pasado casi un siglo, desde el día en el que se acercaron ellos dos y el mismo Charlie a la cabina del piloto, preguntándose de qué iba todo esto. Por eso tiene bastante sentido que sea el personaje de Hurley el que encabece esta prémiere. Y eso que, particularmente, su historia no me emociona demasiado. Sin embargo es él, por los motivos que veremos, el único capaz de dar la réplica (y el sentido) a las dos gloriosas gestas que Charlie, en presente, y Jack, en futuro, llevan a cabo ¿inútilmente?. Además de ser el que mejor puede seguir sosteniendo en la cuerda floja el difícil equilibro entre drama y ciencia-ficción, con el que Perdidos lleva 4 años jugándosela. Su demencia es la perfecta coartada para sacar a pasear a todos los fantasmas de la isla, Jack, Christan, Charlie… sin desvelarnos si es la isla la que se manifiesta, o es su locura la que le traiciona.
Hurley se ha convertido en el perfecto médium para los espejismos de la isla, ahora que la propia isla (en el futuro) ha acabado erigiéndose en el mayor espejismo de todos. Sólo hay que fijarse en como los caminos han empezado a diluirse, no sólo en la historia de esos héroes que no saben ni de qué se tienen que liberar, sino también físicamente. Atendamos sino a como todos los personajes, aun estando repartidos por la selva en diferentes grupos, se cruzan justo en el mismo sitio. Y para un episodio que se titula El principio del fin este sitio, paradójicamente, resulta ser frente a la cabina del piloto, allí donde todo empezó.
Lo mejor
- El contraplano de la cabaña de Jacob
- La vuelta de Christian Shephard y de Charlie
- La presencia de los restos del avión
- Que Hurley tenga su mejor capítulo desde el 1×18, Números
Lo peor
- Le falta algo de magia para ser un arranque de temporada
- La música de Giachinno por primera vez me ha puesto nervioso
- La intro menos trabajada, y aún así está bastante bien, de todas las premiéres.
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Etiquetado: "the beginning of the end", Lost, Perdidos

Es una tarde cualquiera. La lluvia interrumpe su concierto callejero. Precisamente en Wonderwall. Así que Charlie recoge sus cosas y se pone en camino . Algo le detiene. En un callejón, un hombre a punta de navaja intenta robarle el bolso a una joven. Sin saber muy bien cómo, ni de dónde ha sacado el valor, Charlie se lanza a socorrerla. Golpea con la guitarra al atracador. Y este huye despavorido. Charlie no se puede creer lo que ha hecho. El pulso le tiembla, la voz no le llega. Se ríe de si mismo. La última vez que participó en una pelea tenía ocho años y además ¡la perdió!. “Eso te hace incluso más que un héroe” le replica la mujer a la que acaba de salvar. Charlie la mira sin comprender, “¿Cómo?”. “Tres personas han pasado por delante, tres, y tu eres el único que se ha detenido a ayudarme” le asegura ella. “Eres un héroe y no dejes que nadie te lo niegue nunca”. Muchos años después cuando a Charlie le quedaban escasos minutos de vida, dedicó, como buen rockero, unos segundos a recordar sus grandes éxitos. Y en el el número dos escribió algo así como “Aquel día en el que una mujer me llamó héroe a las afueras del Covent Garden”.
Supongo que los héroes del siglo XXI son como Charlie. Supongo que no necesitan de superpoderes, ni de efectos especiales. Que se equivocan y lloran por las noches. También que son anónimos y no se enfundan mallas. Supongo que si Superman existiera hoy día no volaría con capa, sino en las rutas comerciales de la línea Océanic. Por eso, a todos esos héroes que he conocido este 2007, héroes que todavía puede que no hayan descubierto cual es su principal superpoder, asegurarles que, aunque no lo confiese en voz alta, o no utilice el hueco dispuesto para lo propio en el tal myspace, han sido, con diferencia, el descubrimiento del año. Mi kriptonita, mi debilidad. Y por tanto, también, el número 1 de los grandes éxitos de mi triste y miserable excusa de 2007.
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En, por ejemplo, Blade Runner, película paradigma de la ciencia-ficción, a los habitantes de la Tierra, no les quedaba más remedio que comenzar una nueva vida en las llamadas colonias del espacio exterior, ante la realidad de que su planeta se había convertido en un estercolero de insostenibles dimensiones. Esta premisa, nada novedosa, suele repetirse con cierta profusión en el género: el ser humano, bien por que no le quede otra, bien por curiosidad, obligado a explorar el universo más allá de lo conocido. Lo curioso es que el mejor exponente de la ciencia-ficción en la televisión de los últimos años, Battlestar Galactica, invierte radicalmente este punto de partida. Ahora la humanidad, casi extinguida por el genocidio perpetrado por los cylons, máquinas que ellos mismos crearon, debe regresar al planeta Tierra para así completar un ciclo vital, que o bien los salve para siempre… o bien los condene definitivamente.
Este relato asumido como un Éxodo profético, podría definirse como la definitiva búsqueda del origen. Los seres humanos tienen que regresar hasta sus inicios para comprender qué son exactamente, ahora que están amenazados por los cylons, no ya vitalmente, sino especialmente en su identidad, ante el peligroso e innegable parecido de ambos. Pero es que además los propios cylons, máquinas de conciencia colectiva, capaces de emular el aspecto humano, y también sus sentimentos (aunque no los tengan), persiguen esa misma respuesta acerca de lo que hay más allá de sus circuitos de tostadores. La clave parece estar en lo que los diferencia. Si los sentimientos no son, (¿qué más da padecer emociones, que creer que las padeces? si total duele lo mismo) puede quizá ocultarse en algo tan común y hermoso como dar a luz. Los cylons no pueden reproducirse, sólo replicarse. Y en esta línea se entiende una secuencia de la segunda temporada en la que Baltasar Gaillus, humano, le dice a Six, cylon, eso tan viejo de Te quiero. Lo que aquí se esconde no es sólo una declaración de amor, sino todo un salto evolutivo. El sentido de la existencia reducido a las contracciones de un parto sin epidural.
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Spoilers de la finale de la segunda temporada de Perdidos.
Es posible que la clave de todo nos la ofrezca involuntariamente el propio Desmond cuando, nada más comenzar el episodio, le promete a una emocionada Libby aquello de Esta regata pienso ganarla por amor. Y de eso es de lo que va Live together, die alone: de amor. De su hipérbole bajo el aspecto de odisea clásica. La vuelta al mundo, en forma de espantada a sus confines, de un Ulises aparentemente cobarde que sin saber muy bien cómo acabará pulsando un botón cada 108 minutos para salvar a la humanidad de su propio fin, para salvar a su Penélope. Un Ulises cuya prueba última no es tanto ganar la regata, o pulsar la susodicha tecla, sino permanecer en el lugar más recóndito de la Tierra, sin olvidar jamás a Penélope. Este maravilloso relato, colofón de la segunda temporada de Perdidos, tiene la peculiaridad de elevar la narración del total de la serie a la categoría de espiral. Una espiral de la que es casi imposible conocer su origen exacto, si fue primero el huevo o la gallina. Es decir si Locke salvó a Desmond para que éste le salvara a él. O si Libby le regaló aquel velero al escocés para que lo encallara en la misma isla desierta, donde años después ella, Locke, y el resto del vuelo 815 se estrellarían. O si por el contrario Jack logró curar a Sarah, tan sólo porque Desmond, quién acababa de vivir un milagro (cruzarse con Penélope), le aseguró que estos existen si crees con suficiente fuerza en ellos.
Es difícil saber lo que pasó primero, porque lo que Live together, Die alone pone en evidencia es que todos los que quisimos desencriptar el enigma de la isla a través de la ciencia, la fe, la casualidad, la magia, la ciencia-ficción, la religión… nos equivocamos. O al menos pasamos por alto el motor fundamental que suele mover los grandes relatos. Ese del que le habla Desmond a Libby en la cafetería. Ese al que quizá se refieran los guionistas de Perdidos al afirmar que todo ocurre por alguna razón. Y ese que no es otro que el amor. Después de todo dicen que el amor es capaz de lo que sea por sobrevivir. Desde sanar heridas imposibles o ganar regatas, hasta hacer milagros o , incluso si es preciso, estrellar aviones en islas desiertas.
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(Spoilers de la finale de la tercera temporada de Perdidos)
Padezco de una rara enfermedad, reviso una y otra vez los minutos finales de la tercera temporada de Perdidos. Incluso les he puesto música, Pequeño rock & roll de Quique González. Concretamente la frase en que dice, ¿Quién se estrella cuando tú te estrellas también?. Esa última secuencia, en las afueras del aeropuerto de Los Angeles, entre Jack y Kate, ha sido entendida fundamentalmente como un game-changer de altura, pero intuyo que detrás hay mucho más. Es la primera vez en tres años que alcanzo a vislumbrar algo sobre de que va todo este embrollo de la isla. Siento como si lo del vuelo 815 fuera más que una catástrofe aérea, más que el punto de partida para todo. Como si en realidad se tratara de un big bang de impredecibles consecuencias. En estos días de terrorismo internacional, amenazas nucleares y pandemias masivas, el avión no es más que el símil de unos individuos que están dispuestos a estrellarse, porque sólo acabando con todo, pueden, entre turbinas arracandas y fuselaje aún incandescente, empezar desde cero.
En esos últimos minutos de los que hablamos, Jack le confiesa a Kate que cada vez que sube a un avión su corazón se acelera con las turbulencias. Ella le pregunta, ¿por qué?. Y con lágrimas en los ojos Jack le grita, Porque quiero estrellarme, Kate. Retomando a Quique González, diríamos que probablemente Jack espera que Kate sea la que se estrelle cuando él se estrelle también, pero de momento, hasta que eso llegue, parece que sólo nosotros, náufragos a la espera de un rescate que quién sabe si llegará, hemos encontrado en el doc el perfecto compañero de vuelo, capaz de reflejar toda nuestra ansiedad. Y es que al igual que le ocurre a Jack en su historia, cualquiera de nosotros podemos llegar a pasar por yonkis de las drogas, o del alcohol, o de quién sabe qué, cuando en realidad lo somos fundamentalmente de los accidentes de avión. Una enfermedad no tan rara hoy día.
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- Crítica de Héroes.
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Valoración ***
En su polémico cómic-book, The 9/11 Inform: A graphic adaptation, Sid Jacobson y Ernie Colon, autores del mismo, consiguieron desplazar el convencional esquema save the world, habitual en las historietas de superhéroes, al ámbito de lo real. Así bomberos, policías y personal de Urgencias eran ahora los que, en lugar de Superman o Spiderman, se enfrentaban ante una tragedia mayor, pero delineada por lo posible, como la de las Torres Gemelas. Una demostración secuencial de que la disyuntiva que Aaron Sorkin, guionista y productor de El Ala oeste de la Casa Blanca, planteó al afirmar que después del 11-S o se vivía en este mundo o se vivía en un cómic, no era necesariamente excluyente. Héroes, que relata la epopeya de un grupo de ciudadanos que comienzan a manifestar sorprendentes habilidades, es justamente un intento más de demostrar que se puede convivir perfectamente a este lado y al otro de la viñeta.
Con su primer volumen, Génesis, finalizado, Héroes se ha sumado a ese conjunto de series, muy alejadas de Sorkin, que han desentrañado la médula del individuo post 11-S. El principio de una saga enmarcada bajo la apocalíptica visión de un futuro en ruinas, representado en las pinturas de un artista visionario, y que el resto de personajes debe contribuir a evitar. No es casual que la orografía de este futuro tenga como epicentro a Nueva York, ni tampoco que su matriz primaria gire en torno a la posibilidad de que uno de ellos, incapaz de controlar sus poderes, estalle en medio de esa ciudad nublada, cual kamikaze inmolado. Héroes sería en este sentido un estudio sobre la responsabilidad ciudadana y sobre como, asumiendo primero nuestros miedos, podremos más tarde salvar al mundo, y de paso a la animadora. Sin embargo Héroes está lejos de explotar toda su capacidad. Sus imágenes, a veces desopilantes, quedan enterradas por un diseño de producción vergonzoso, una dirección plana, y una narración confusa, pero, sobre todo, por una ingenuidad moral que asfixia las posibilidades del relato de analizar la relación entre el héroe y el villano que todos llevamos dentro, y de la que Peter Petrelli debería haber sido el mejor exponente. De alguna manera a Héroes le pasa como a Petrelli, que muy a su pesar no alcanza a aprovechar, a explorar, a controlar todo su auténtico potencial.
Lo mejor: El lema de la serie
Lo peor: Su parquedad narrativa
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Puede que en Alaska haga frío, pero es que en Cicely no tienen ni calefacción. Y no hay nada peor si eres republicano, judío, culto y urbanita que acabar exiliado dentro de tu propio país. Eso fue exactamente lo que le pasó a Joel Fleischmman, un médico, que por no leer la letra pequeña, se encontró de pronto en un lugar tan remoto como Cicely, una comunidad abandonada del mundo en la que sus escasos 834 habitantes daban más guerra que el servicio de urgencias en hora punta del hospital más atestado de Nueva York. Después de todo no debe ser nada fácil que la chica de tus sueños tenga la mala suerte de que se le mueran los novios, que la emisora local la lleve un ex-presidiario con chupa de cuero e ínfulas de filósofo, que tu enfermera no crea en la medicina, que tu único amigo por allí se cartee con Spielberg y Woody Allen, o que no te dejen ser el padrino de una boda porque Holling de 60 se niegue a casarse con Shelly de 20 por temor a que se muera antes que él. Doctor en Alaska, esa serie de entrañable surrealismo en la que sus personajes mezclaban en una misma conversación a Schopenhauer y el valor de la intuición perdida con la temporada de la pesca del salmón, tenía en su figura principal a un médico, lo que no era casual. Afín de cuentas no trataba de otra cosa que de la medicina del alma. Y la mejor receta que dio siempre frente a todo tipo de dificultades es la misma que para las noches de invierno, plantarse con unas manoplas junto a los amigos al lado de una buena hoguera y no dejar de contar historias hasta que amanezca.
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A muchos de nosotros las primeras pulsiones sexuales nos la despertó un dibujo animado, y en la gran mayoría de los casos se correspondió con el trazo estilizado de un anime. Sin ir más lejos hace poco Lucinda en un post que tituló El morboso caballero del Norte, además de concluir que Caballeros del Zodiaco era una serie profundamente filogay, rememoraba como de pequeña se le caía la baba ante Hyoga, el metrosexual guerrero del Cisne.
Yo entonces le pregunté si no se acordaba de aquel episodio en el que Seiya y Shun, extenuados y casi sin aliento alcanzan finalmente la última de las doce casas del zodiaco. Allí se enfrentan a Piscis, un caballero que en lugar de presumir de ser el más fiero o el más violento prefiere hacer gala de su belleza irrepetible y pelear con un ramillete de rosas. Por si esto fuera poco obvio Shun le replica a Seiya, cuando este menosprecia a Piscis, que no está de acuerdo con eso de que un guerrero deba demostrar su hombría por medio de la masculinidad. Evidencias de homoerotismo como esta las hay a patadas, y de erotismo a secas también.
Y es que el anime, a diferencia de los dibujos de hoy que presuponen que preservar la ingenuidad del niño es lo mismo que negarle el derecho a experimentar sensaciones (no vaya a ser que sufra), era mucho más adulto. Ahí está la violencia de Dragon Ball, la soap-opera de Marco y Heidi o el transformismo de Ramma 1/2. Y no por ello ninguna de estas series dejó jamás de tener los necesarios valores sobre la amistad, el compañerismo o la confianza en uno mismo. Y si no los tenían, daba igual: seguían siendo igual de buenas y disfrutables.
P.D. Shun era el mejor
¿Qué serie de anime te marcó más?
- Caballeros del Zodiaco. (23%)
- Bola de Dragón (17%)
- Sailor Moon (12%)
- Campeones (8%)
- Marco (7%)
- Heidi (14%)
- Mazinger Z (11%)
- Ranma 1/2 (8%)
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¿Te acuerdas de aquel capítulo de Los Simpson?
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En el episodio séptimo de la sexta temporada de South Park, el villano Butters ingenia una variada lista de malévolos planes con los que aspira a causar una desgracia mayor en su localidad. Todos ellos se malogran porque su ayudante le recuerda que, Los Simpson ya lo hicieron. South Park, residuo destroyer de la seminal familia concebida por Matt Groening, siempre tuvo una ironía, no diremos más fina, pero si más referencial y paródica, que aquí se ríe del catálogo de series de feísmo animado, que en los últimos años han sobrecargado la programación televisiva bajo la etiqueta de dibujos para adultos y entre las que se encuentra ella misma. Variaciones en ocasiones demasiado miméticas de la letra de Los Simpson, aunque a cambio con una mayor propensión al gamberrismo.
El episodio ilustra algo más. Lo que para mi es casi un lugar común en ciertas conversaciones, eso de, ¿Os acordáis de aquel capítulo de Los Simpson….?. Y es que tienen razón en South Park. Tras 17 años en antena (aunque esto no sea el secreto del éxito) Los Simpson ya lo han hecho todo. Tanto que en las últimas temporadas empieza uno a sentir con desgana que ni a ellos les queda algo por contar.
Por suerte los episodios antiguos se han convertido en pequeñas píldoras de nostalgia que la cultura popular recupera ocasionalmente.
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De enhorabuena. Dos de las mejores producciones catódicas de los últimos años vuelven a la televisión en abierto, Futurama y Ally McBeal. Con espacio fijo y en horario de sobremesa, esperemos que esto sea seguro suficiente para evitar todo tipo de maltrato.
Hace tiempo que se ha convertido en un tópico afirmar que la ficción americana vive sus mejores años. Sin embargo a los programadores españoles parece importarles bien poco. Lo mismo da que la serie sea de culto o no y ambas son un buen ejemplo. Futurama se paseó por distintas franjas horarias de Antena 3 con episodios sin emitir y otros repetidos hasta la saciedad. De hecho su problema viene de casa, porque en Estados Unidos fue cancelada tras los bajos índices de audiencia, aunque eso sí se la respetó bastante más. De todas maneras Comedy Central ha comprado los derechos para emitir, a partir de 2008, nuevos episodios
Ally McBeal es otro caso. Tras dos temporadas de éxito, Telecinco la empezó a boicotear; pero fue con la quinta y última con la que perdió los papeles. Horarios imposibles y sesiones maratonianas para luego dejarnos sin los dos episodios con los que concluía la serie
Lo bueno en suma es que dos grandes comedias regresan a televisión, aunque si se me permite seguiré afirmando que en realidad Ally McBeal se trata de un drama, el que apareció el día que unos cuantos tipos decidieron tomarse su vida a coña
Ally McBeal se emite a las 20 h de Lunes a Viernes en Cuatro
Futurama los mismos días a las 15:40 h en la Sexta
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