Archivo de la categoría: Reflexiones sobre películas

Las sesiones dobles de Wong Kar-Wai

Fallen Angels (Wong Kar-Wai), estrenada en 1994, podría considerarse como una versión depurada, estilizada y más, mucho más, oscura de uno de los anteriores trabajos de su realizador, la popular Chungking express. Al igual que esta, aquí no se nos cuenta una sola historia, sino dos que confluyen en un punto común. Mientras que Chungking express era la suma de dos mediometrajes que sólo se cruzaban en el local del mismo nombre, en Fallen Angels hemos ganado por el camino y sus dos relatos han logrado fundirse, más allá del mero enclave físico, en uno solo para hablar de soledad e incomunicación compartidas. Pero las similitudes llegan más lejos. Ambas presentan un Hong Kong urbano, nocturno, de neón, salpicado por tifones emocionales y encuentros entre frugales y fugaces. Sólo que Fallen Angels, como buena balada de ángeles caídos que es, se ha filmado de manera más torturada, atormentada y angustiosa, como si por aquellas calles las relaciones humanas estuvieran encajonadas.

Hay una última coincidencia entre los dos films, los disparos. En Chungking express los protagonistas son policías que intentan, gracias al amor, redimir su día a día. En Fallen Angels, uno de los personajes es un asesino que aplica exactamente ese mismo teorema y, para escapar de la espiral de muerte y violencia en la que se ha metido, se deja caer en otra espiral de la que es aún más difícil salir indemne, la de una mujer. Sus posibilidades de ser felices son más limitadas porque a estos ángeles desterrados los agujeros en el corazón se los pueden causar tanto las balas a bocajarro como los desplantes mal encajados.

(Y todo esto para anunciaros la sesión doble -Deseando amar y 2046- de Wong Kar-Wai que Natalia Book y Jazzman han preparado. Si os quereís unir pasaos por allí, donde encontrareís, además de dos grandes blogs, las instrucciones para ello. Quisiera ponerlo en el margen, pero no tengo ni idea de como. ¿Alguien de wordpress puede echarme una mano?)

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-Poesía oriental.

Los Soprano, Tristram Shandy, Twin Peaks y Almodóvar

¡Las películas!, ¡Las películas!, ¡Siempre las malditas películas! grita un enojado Tony Soprano, en un episodio de su laureada serie, a uno de los matones que trabajan para él y que está obsesionado con llevar a cabo una transacción comercial (de droga se entiende) con la solemnidad, el aplomo y el buen gusto de un mafioso sacado, o bien de Malas Calles, o de El Padrino o de El precio del poder. Por otra parte, en una escena de la reciente Tristram Shandy: A cock and bull story Winterbottom coloca de un lado al propio Tristram Shandy con veintimuchos años y del otro al mismo personaje, pero de niño (interpretado por un actor). El original se queja al pequeño de que con su actuación no ha logrado captar como era él con 5 años, pero este, rápidamente, se defiende argumentando que está siendo mucho más natural de lo que el propio Shandy lo sería si pudiera hacer de si mismo.

Lo que tienen en común ambos ejemplos, pese a las diferencias, es nuestra obsesión cada vez más generalizada por la mímesis. Superado eso de que el cine no necesita filmar las cosas tal como son para poder representarnos (ahí esta, por poner algún ejemplo, la humanidad de los retorcidos habitantes de Twin Peaks), el nuevo límite lo marca ahora nuestra capacidad para emular las películas que, a su vez, nos emulan a nosotros. Es lo que le ocurre al mafioso de Los Soprano, lo que le ocurre también a Tristram Shandy. Es posible que todo no sea más que un intento de alcanzar una trascendencia que rara vez se da en la vida, pero que sí suelen ofrecer los grandes films que se nos alojan en la retina. Parece que Almodóvar no se equivocaba al afirmar eso de que La vida imita al porno.  La mala vida, añadiría yo.

Prometo analizar algún día con más calma el aforismo de Almodóvar.

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-Clásicos de la literatura inadaptables.

JFK. Caso abierto

Jaqueline jumps to the back of the limousine, maybe trying to escape or maybe trying to get help from the Secret Service agents.

El asesinato de John Fitzgerald Kennedy tuvo algo de tragedia griega. Más que un magnicidio fue un parricidio que parecía inevitable que acabaría sucediendo. El modus operandis lo puso un rifle Mannlicher-Carcano, disparado por un tal Lee Harvey Oswald desde la azotea del Texas Book Depository sobre el auto presidencial, que en ese momento acababa de entrar en el Dealy Plaza de Dallas. Oswald para algunos no fue más que un comunista que respondió ante los errores paternos con el fervor propio del hijo que se rebela bajo la intención última de preservar la familia. En este caso, los Estados Unidos. Para la mayoría, sin embargo, esta lógica se aplicaba mejor a aquellos que utilizaron a Oswald como chivo expiatorio. Una poderosa conspiración que pudo implicar a la mafia, las grandes corporaciones y los servicios de inteligencia, dispuestos a no asumir la posibilidad de que el Nuevo Camelot del que tanto presumía el presidente se hiciera realidad. Aquella promesa de un nuevo país parecía la última posibilidad de que el sueño americano cobrara forma. Pero también tuvo mucho de quimera, de película de estudio filmada por el mismo Kennedy. El entonces senador movilizó a Hollywood para que le convirtiera en un tipo popular y acorde con los tiempos, el trigésimo quinto presidente de la Casa Blanca. Como respuesta llegó el Rat Pack de Frank Sinatra y le diseñó una campaña que le acabaría conduciendo al Despacho Oval tras un estrechísimo margen electoral.

En 1991 Oliver Stone estrenó JFK, una película alineada con la teoría conspirativa, de la que Roger Ebert afirmó que si bien Stone no tenía ni idea de quién andaba realmente detrás de lo que le pasó Kennedy, si que conocía a la perfección como se sintió el país aquel día. Su film era como una radiografía mental de la paranoia, miedo y frustración que asoló a la nación esa mañana en que el Nuevo Camelot estalló por los aires. Espectáculo y política se habían combinado a principios de la década para fabricar una ilusión, que comenzó a desaparecer aquel 22 de Noviembre de 1963, en un camino irreversible que conduciría hasta el 9 de agosto de 1969, cuando la familia de Charles Manson acabó con la otra cara de la moneda, Hollywood, en el homicidio de Sharon Tate. Entre aquellas dos fechas algo muy importante se había perdido. Estábamos en los setenta.

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-Crónica negra. El caso Polanski.

-Crónica negra. La madre de Mia Farrow.

-Muertes escabrosas de cine.

-Crítica World Trade Center.

Embrujadas (El exorcista, Carrie)

 

Atendiendo a los análisis demográficos del público de 1973, el éxito de El exorcista no se debió exactamente a una fuerte presencia femenina en las salas, sino que, más bien, los cientos de millones que recaudó en taquilla procedieron, en un alto porcentaje, de la asistencia masiva de varones. El film de Friedkin inspirado en el suceso real de Regan, una niña de 12, sometida a un doloroso exorcismo después de que su cuerpo comenzase a manifestar síntomas propios de una posesión, se aventuraba tres años a la imagen que de Palma presentó en Carrie de una adolescente que también padecía transformaciones físicas (la menstruación) y psíquicas (poderes paranormales) en su piel. Aunque Carrie se pudiera entender en otro sentido, como la deconstrucción del género adolescente, compartía con su antecesora la visualización de una de las peores pesadillas del hombre heterosexual. Regan, con sus malolientes fluidos, sus masturbaciones sacrílegas, sus eccemas y su malhablada lengua; y Carrie, al asociar al primer período una sangría procedente de sus poderes especiales, suponían una representación terrorífica de la llegada de la entonces niña a la plenitud sexual. Es por eso que en 1973 la presencia masculina fue la mayoritaria en los cines. El exorcista provocó auténtico pavor entre aquellos que interpretaron el advenimiento del mal como la llegada a la madurez de un diablo con sexo, género, capacidad de seducción, y dispuesto a ponerse falda y, sobre todo, a comenzar a pensar. 

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-Crítica de La Dalia Negra.

La vida de los otros y demás consideraciones

En La vida de los otros Gerd Wiesler es un agente alemán de la extinta RDA que recibe, en un año tan significativo como 1984, la misión de buscar pruebas incriminatorias contra un literato de éxito, Georg Dryman, acusado de colaboracionismo con los del otro lado de la frontera. Por debajo de este argumento y de su exacto mecanismo de reloj, este potente clásico de una pieza coincide en un punto común con una película a la que le debe bastante, La Conversación, y no es más que la conclusión de que ser espía no es tarea fácil. Estudiar la vida de otro conlleva necesariamente descubrir que trás cada persona se esconden secretos que nunca hubiéramos imaginado. No hablo ya sólo de La vida de los otros, en la que algo de esto queda (la esposa infiel), sino de algo bien distinto: las similitudes entre los espías y los cuentistas. Una de ellas, la que descubre Wiesler, es que no se puede ser impasible, la otra, aún más significativa, es la de que ningún magnetofono, como tampoco ninguna cámara, por potentes que sean, lograrán jamás abarcar de una sola tirada todas las capas que una historia contiene dentro de sí. Es el fracaso de la narrativa convencional, y quizá por ello, en plena desorientación del siglo XXI, proliferen tantas y tantas series empeñadas en interconectar diversos personajes y pasajes a lo largo de una trama que no para de desplegarse sobre si misma para de alguna manera alcanzar a ser el reflejo de la gran historia de nuestros días. O, al menos, un esbozo de ella. 

Otros artículos.

-Robert Altman y su último show

Jules et Jim et l´amour

Mientras que François Truffaut, que era un enamorado del cine, proclamaba un nuevo lenguaje para este llamado nouvelle vague, a su vez dirigía una película que trataba justamente del amor y de las nuevas maneras de sentirlo. Jules et Jim estaba empapada de pasión, estupidez, lirismo, disparate, pedantería, amargura, melancolía y demás emociones que suelen inundar las relaciones. Pero su acierto fue otro. Como buena cinta del amor su protagonista no era ni Jules, ni tampoco Jim, sino la mujer que se interpuso entre ambos, Catherine, cuya verdad es que era el único animal salvaje al que fue imposible decir no. Catherine, la que se lanzaba de cabeza al Sena sólo por llamar la atención. Catherine, la que quiso llevar a la práctica Las elecciones afectivas de Goethe. Catherine, la que nunca conoció la mediocridad por ser hija de madre británica. Y Catherine, a la que Jim reprochó haber querido inventar el amor. Pues este blog, que tantas veces ha intentado reflexionar sobre las obras maestras que nos ha ido dejando el cine, no le queda otra que dedicarle unas palabras a esa mujer, cuyo empeño mayor fue, de hecho, el de querer convertir cada uno de sus segundos en puro arte. Es cierto que fracasó, y quizá por eso se ha quedado fuera del título, pero sigue siendo su sonrisa, y no la de Jules, ni la de Jim, ni tampoco la de cualquier otro, la que buscamos entre el tumulto en cuanto se apaga el sol.

Probablemente no estábamos preparados y es que como Jules apunta al final, Quería que sus cenizas fueran lanzadas al viento, pero no pudo ser. No estaba permitido.  

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-Al final de la escapada y otros anuncios.

-Escenas imprescindibles. La dolce vita.

El show de Truman y los realitys

Tras ser calificados de experimento sociológico por una presentadora empeñada en acreditarles algún tipo de coartada intelectual, los reality shows pasaron a constituirse al momento como lo que realmente eran, la nueva forma de ficción de nuestros días. La aparente libertad de la que presume la telerrealidad no es más que parte de un guión en el que se ha previsto hasta la posibilidad más remota antes de que esta suceda. Eso es lo que ocurre con En el show de Truman, en el que Jim Carrey protagoniza su propio programa de televisión, como una versión extrema de una soap opera a tiempo real. Truman, aunque no busque los 15 minutos de fama de los que hablaba el aforismo warholiano y que sí imploran los concursantes de cualquier reality, es presentado exactamente de la misma manera que ellos, como un paria del siglo XXI, que nosotros, desde fuera, contemplamos con una mezcla de condescendencia y burla. En este sentido el juego de espejos de la película no es tanto la paranoia de que cualquiera de nosotros podría ser Truman, como la de que todos ya somos esos espectadores enganchados a la vida de otro. El show de Truman viene a representarnos como yonkis, adictos a las historias ajenas, incapaces de pasar sin la dosis correspondiente para aplacar el mono. Al final de la película cuando Truman encuentra una puerta, entre tanto cartón-piedra, por la que escapar, lo que se nos enseña realmente es que si ninguna ficción puede sobrevivir a la rebelión de su personaje central, mucho menos puede hacerlo frente a nuestra decisión de apagar el televisor.

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-Aquellos días en Indonesia.