Archivo de la categoría: Reflexiones sobre películas

De El guardián entre el centeno, En el camino y demás clásicos inadaptables al cine

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A más de uno le parecerá que a El guardián entre el centeno el mito se le queda grande. Elevado a la categoría de culto por la teoría conspiratoria, la cuál nunca ha comulgado con la posibilidad de que fuera mera coincidencia que tanto Chapman, el asesino de Lennon, como Oswald, el de Kennedy, y Hinckley, el que disparó contra Reagan, llevaran los tres una copia de la novela bajo el brazo, esta ha defendido además que incluso el F.B.I. anda tan mosqueado con el asunto que no hay un solo ejemplar en todo el país que no esté bajo su supervisión, convencido de que cualquier lector puede ser un asesino en potencia. Lo sorprendente es que la novela de J.D. Salinger no pasa de ser un relato de lenguaje sencillo (simple que dirían algunos) sobre la vida de un adolescente, Holden Caufield, al que le suceden muchas cosas sin que haga nada para evitarlas por aquello de que tiene que estar en vena para que le importen. Aparentemente no hay mucho de transgresor en El guardián entre el centeno, aunque es cierto que no hay nada más subversivo que la apatía mal disimulada.

Quizá por eso resulta tan difícil buscarle cara a su protagonista. Por eso o porque no es fácil pillarle la esencia a un libro en el que pasan un montón de sucesos sin que al final haya ocurrido realmente nada (como mucho madurar, pero eso para Caufield es sólo una cosa más). Parece como si ponerle rostro (físico) a Holden Caufield fuera tan desconcertante, fútil y, en el fondo, innecesario como ponerle rostro (moral) a cada uno de los célebres asesinos que han cometido atentados en su nombre, obsesionados por, en un momento de gloria, ser nuestros propios guardianes entre el centeno.

¿Se os ocurre algún ejemplo más imposible de trasladar? A mi de momento En el camino de Kerouac.

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Exterior. Manhattan. Día.

El sky line neoyorkino fue diseñado desde la arrogancia. Rascacielos de innumerables pisos edificados con la aspiración de poder alcanzar el cielo, como si de Torres de Babel bajo el idioma único del dinero se trataran. Woody Allen que nació por allí, concretamente en Brooklyn, ha crecido en una ciudad tan fría como distante, que le ha dado sin embargo una cuantas oportunidades y no pocos desencantos. Para él Nueva York es el escenario perfecto para una película ya que también lo es para una gran historia. De amor se entiende. Los primeros planos de su Manhattan son toda una declaración, siluetas de rascacielos recortándose en el blanco y negro del horizonte, neones de hoteles parpadeando destelleantes, avenidas nevadas con la gente agolpada en sus aceras, tugurios en los que se puede deleitar jazz a la vez que una cerveza y el puente de Brooklyn con un par de amantes sentados al amanecer frente a él.

Manhattan es la historia de Isaac Davis, cuarentón neurótico perdido en la multitud, al que no se le dan nada bien ni las relaciones ni confiar en las mujeres. Oye cariño, le dice a una de ellas, complicaciones es mi segundo nombre. Entre exposiciones de arte y visitas a su psicoterapeuta, Isaac pasa sus días en Manhattan, enamorado de Mary, la novia de su mejor amigo, sobreviviendo a una ex-mujer lesbiana que pretende escribir un libro nada halagüeño sobre él, y evitando comprometerse con una estudiante de 17 años que por cierto es su amante. Es esta última la que, cuando Isaac le pide por favor que no se vaya ya que al regresar dentro 6 meses no será la misma, le aconseja que debe empezar a confiar en los demás y sobre todo en si mismo. Incluso en una ciudad tan deshumanizada y masificada como aquella, en la que la gente confunde la intimidad con un tropezón en el metro, existen miles de personas dispuestas a entregar y recibir cariño. Y sólo hay que subirse a lo alto de uno de esos rascacielos para disfrutar de la vista.

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Como lágrimas en la lluvia

Entre el verano de 1933 y el de 1939 la Warner perdió una cantidad indecente de originales de películas mudas asolada por los devastadores incendios que se desataron en sus hangares en días tan calurosos. Eso fue antes de la llegada del triacetato de celulosa, cuando todavía el celuloide era altamente combustible y los estudios sacrificaban anualmente decenas de copias. Decía el platinado Rutger Hauer en su estremecedor monólogo final de Blade Runner que Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia. Advertencia a lo que es el cine, antídoto para el olvido, que se empeña en preservar para la eternidad una colección de momentos que nos recuerden lo que quedó. Y es que cada uno de esos incendios fue como un grito en voz alta de que nada es perdurable y que por más que cambiemos el celuloide por el triacetato y este por el poliéster no conseguiremos que los fotogramas pervivan, porque el cine está hecho del mismo material que los sueños y este es 100% inflamable. Sin embargo de momento las imágenes no se han diluido en la lluvia y mucho menos las de Blade Runner, ya que 25 años después su influencia es palpable en todo el género. La premonición de Hauer no contempló la posibilidad de una manera de inmortalidad diferente, la que permite que por más que ardan las películas estas puedan prolongarse las unas en las otras. Y esta es la lista de títulos que se han replicado partiendo de una película de replicantes como lo es Blade Runner.

  • La ciudad de Coruscant de El ataque de los clones.
  • La búsqueda de cariño de Dave en A.I. Inteligencia Artificial
  • Los spinners voladores de El quinto elemento
  • Los neones del Gotham de Batman
  • El Metrópolis de Rintaro
  • E incluso también la lluvia que no cesa de Seven

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Aquellos días en Indonesia…

Es 1965. El asunto no anda nada bien por Indonesia. Yarkata es un polvorín a punto de estallar, Sumatra hace malabarismos para equilibrar a los militares con la izquierda, la insurrección comunista parece sólo cuestión de días y casi las tres cuartas partes del país se mueren de hambre. No son los mejores tiempos para ser idealista, tampoco para que un corresponsal australiano se enamore de una diplomática británica. O a lo mejor sí lo son. A lo mejor esos años agitados, convulsos, difíciles son los perfectos para mantener la rebeldía de espíritu, saltarse el toque de queda y lanzarse con el coche a toda velocidad contra las barreras del primer control policial que se nos ponga por delante. Sigourney Weaver y Mel Gibson son los dos amantes que pierden la razón el uno por el otro en un lugar tan hermoso como los trópicos, donde la fiebre es el estado de ánimo más común y donde al calor más sofocante le siguen torrenciales tormentas de verano. Allí sólo es posible vivir intensamente, aceptar la responsabilidad y luchar por la libertad, ya que puede que la revolución te pille fuera de casa o que a la mañana siguiente te levantes con un tiro en la nuca. Y la película en la que se cuenta todo esto se titula de la única manera que deben titularse las historias de amor que se recuerdan de días tan intensos como aquellos, El año que vivimos peligrosamente.

El terciopelo azul y mi televisor

Lo único que no me gusta del Terciopelo Azul de David Lynch es que sus imágenes no brillan de verdad. Me explico. Compré la película hace unos años sin tener demasiada idea ni de qué iba, ni de quién era David Lynch. Únicamente me sentí atraído por su carátula que literalmente resplandecía. Todo en ella, desde los fotogramas del reverso hasta la tipografía de las letras, era la suma de unos colores intensísimos, muy contrastados, saturados al límite, cercanos a lo que debe de ser el terciopelo auténtico. Por eso al acabar de verla sentí una cierta decepción, por más espléndida que fuera su fotografía la película no relucía. Al menos en cuanto a su textura visual. Pero claro, eso sólo me pasó la primera vez. Volví a ver Terciopelo Azul y de alguna manera me pareció que condensaba el universo de Lynch mejor que cualquier otro trabajo de su filmografía, como si asimilara aquella máxima de que hay otros mundos y además están en este. Ahora Terciopelo Azul sí que era deslumbrante en todos los sentidos. El universo que aparece por debajo de las vallas a lo Norman Rockwell, es decir el de los mafiosos, los secuestros, las orejas cercenadas y el sexo con respirador es el de ese mundo retorcido y sádico que habita en el nuestro. Pero curiosamente también es el más luminoso. Sus personajes son fogonazos de luz enmedio de la tinieblas, que caminan a tientas, que iluminan la noche como lámparas de gas humanas. Después de todo no olvidemos que en esta película sobre la luz (y los pigmentos) los jilgueros no empiezan a cantar hasta que la oscuridad no ha desaparecido en su totalidad.

Es un mundo extraño. Cierto, pero con eso y con su tristeza es además un mundo bello (y tan resplandeciente como el mejor terciopelo)

P.D. Ahora siempre que revisiono la cinta subo al máximo el contraste del televisor.

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En el corazón de una película

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No tengo ni idea de qué es lo que hace ahí, pero por algún motivo en el Metro de Madrid, como a la altura de Avenida América, hay una pequeña puerta, no más alta que mis rodillas, que parece sacada de Cómo ser John Malkovich. Imagino que poco tendrá que ver con el peaje a la mente ajena que se proponía en la ópera prima de Spike Jonze, pero como uno no puede evitar jugar a eso de la transmutación de identidades llevo varios días preguntándome a dónde me llevará si la cruzo. Y estos son los personajes, ya no tanto reales, sino de ficción en los que me gustaría acabar si finalmente me decido.

Me gustaría tener el corazón de…

  • El Hal 9000 de 2001. Odisea del espacio y que cuando la cosa no tire más, bastara con desconectarme.
  • El de El marido de Naomi Watts en 21 gramos y seguir latiendo en el cuerpo de otro una vez que falle el mío.
  • El de James Stewart y experimentar la que probablemente sea la mejor sensación de todas, el vértigo.
  • El de Uma Thurman y ser resistente a la técnica de los cinco dedos revienta corazones y de paso a todo tipo de ataques mortales (desplantes incluidos)
  • El de un replicante y así brillar con el doble de intensidad.
  • El de uno de los sacrificios humanos de El templo maldito (o de Apocalypto) y que mi corazón siga palpitando una vez que me lo extraigan.
  • El de La Reina de Corazones para poder cortar la cabeza a quién se lo merezca sin sentirme mal por ello.
  • El de Superman y que sólo la Kriptonita pudiera hacerme daño.
  • El de El hombre de Hojalata y que únicamente unos pocos lograran encontrármelo bajo tanta lámina de metal.

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Una puta llamada Alabama

Sé que me mataría si se enterara de que voy por ahí llamándola puta, pero he de reconocer que fue lo primero que se me pasó por la cabeza al verla aparecer con aquella blusa azul tan hortera, esas mallas de leopardo ajustadísimas que llevaba y el pelo un par de tonos más rubio de lo que realmente era. Así que pensé Mírala que pintas lleva, esta tiene que ser una fulana. Y encima se llama Alabama… ¡Y encima quiere acostarse contigo! Claro que cuando se lo insinué no le hizo demasiada gracia y me gritó casi llorando, ¡No soy una puta, ¿vale? Sólo soy una chica de compañía! Yo no veía mucho la diferencia pero me callé, porque tampoco me preocupaba. Lo único que yo quería era seguir ahí arriba, en la azotea de la tienda de cómics, hablando de Detroit, de las películas de Kung-fu, del primer número de Spider-Man y de adónde iríamos el día que pudiéramos coger y largarnos sin más.

Y nos largamos. Y no salió demasiado bien la cosa, aunque eso ya me lo veía venir, sin embargo me da igual porque sé que Alabama era sincera, lo fue cuando me dijo nada más conocerme, Soy una prostituta desde hace cuatro días y tu eres mi tercer cliente, pero creo… creo… ¡Creo que te quiero! ¿Y qué más da si era una puta, una chica de compañía, o que aquello no acabara bien?… Para mi esa chica con nombre de estado y ganas de aprenderlo todo conmigo por el camino fue el mejor regalo de cumpleaños que uno puede tener. Pagaría porque alguien en cualquier parte del mundo volviera a decir te quiero con un mínimo de la franqueza con que Alabama me lo dijo a mi el día en que cumplí 27 años.

(Este es mi  post post-sanvalentín dedicado los primeros 20minutos, el resto no me dicen nada, de Amor a quemarropa/A true romance. Y tan sólo he tenido que apropiarme de la voz de Clarence/Christian Slater para ello)

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Nada más acabar de ver La ciencia del sueño. (Crítica)

Breve pensamiento sobre La ciencia del sueño, que no quería dejar de atrapar antes de irme a dormir: ¿No es acaso esta, ingenuo paseo por lo ridículo del amor, otra fantasía en primera persona como ya lo era Olvídate de mi?, ¿No es aquí/ahora Stephan, como entonces Joel Barish lo era de Charlie Kauffman, el pefecto alter ego de Michel Gondry?, ¿No es, a su manera, la historia del propio Gondry, que como su protagonista, viene soñando desde los 6 años con ser ingeniero y deslumbrar con sus aparatos a la chica de turno, la cual, aunque no le corresponde siempre el triste esfuerzo, le enseña con la frustración que le deja, a sumergirse en la ciencia de sus sueños? Inmersión con la que involuntariamente Gondry ha acabado siendo lo que siempre quiso ser: un inventor… pero de imágenes, de películas, de sueños.

Lástima que ande un par de pasos por detrás de Olvídate de mi, pero si bien esta no es la película con la que Gondry reclama su mayoría de edad (ni oír hablar de ello quiere), si es con la que defiende su autoría más allá de Kauffman.

Me voy a la cama a seguir con eso de lo que va. Buenas noches.

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Las vírgenes suicidas y de cuando todavía éramos jóvenes

Feliz es el destino de las vírgenes vestales pues olvidan al mundo y el mundo las olvida a ellas.

Versos de Pope que Kirsten Dunst le recita a Tom Wilkinson en la película de (la) cabecera de este blog, pero que bien podrían valer como epígrafe a otro de los trabajos de su filmografía, Las vírgenes suicidas. Crónica de juventud con la que Sofia Coppola hizo suya la novela de Eugenides (o lo que la crítica definió como El guardián entre el centeno de esta generación) y con la que atrapó en off el último verano antes de madurar de una pandilla de jóvenes, ahora ya en la cuarentena, que rememoran desde el otro lado de la calle los días en los que los árboles del barrio estaban a punto de ser talados, la mosca de la fruta lo cubría casi todo y las hermanas Lisbon, sus innacesibles vecinas de enfrente, se quitaron la vida. Algo de lo que entonces se escribió demasiado pero de lo que hoy ya casi nadie se acuerda, menos ellos, que a diferencia del resto, no están dispuestos a olvidar, como si no hubieran pasado por este mundo, a las que fueron sus vírgenes particulares.

Para algunos todo fue por un desengaño amoroso, para otros tuvo más que ver con que no salían lo suficiente de casa y hubo quién incluso afirmó que la nación entera se había vuelto completamente loca. La película de Coppola, como el libro de Eugenides, ilustra el vago intento de esos adolescentes por comprender aquel amor, el primero sino el más puro; porque lo cierto es que ahora que han tenido hijos, se han casado y han triunfado siguen sin respuesta para lo que ocurrió en casa de los Lisbon. Aunque empiecen a intuir que aquellas niñas metieron la cabeza en el horno por algo tan sencillo como es no querer dejar que la vida se te marchite, que el futuro te gane. Algo que a ellos, los que fueran los chicos del barrio, si les ha pasado y es que a fin de cuentas saben, que por más experiencia que los años a cambio les hayan dado, jamás podrán hacer al amor como Lux Lisbon lo hacía cada noche sobre el tejado de su casa: igual que si le fuera la vida en ello.

Y encima lloraba al acabar.

(La película me parece buena, pero la novela le da mil vueltas)

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Godard, Martini y algún otro anuncio más.

De gramática inconexa y sintaxis imperfecta, Al final de la escapada es, no sólo uno de los títulos fundacionales de la Nouvelle Vague, sino quizás el paradigma de lo que se viene a conocer como película moderna. Espontánea, improvisada, rodada con nulo sentido del raccord y montada por empalmes mal ajustados, la cinta de Godard reflejó a una juventud nihilista y despreocupada en la amoral historia de amor de un fugitivo y una aspirante a periodista. Historia refinada por una europea y delicattesen manera de entender el estilo que Martini hizo propia al agenciarse el tándem gafas negras-dedo en los labios que luce un canalla Belmondo en la película, así como las faldas de vuelo, las blusas a franjas negras y el pelo sumamente corto de su compañera de reparto, Jean Serberg. Lo que de manera más lujuriosa y snobista acabó inspirando el spot en el que Charlize Theron, tras dejarse seducir por el Chico Martini, abandona a su sobreprotector y octogenario amante, el cual presumimos multimillonario, celebrando la carnalidad instantánea por encima de un futuro asegurado al lado del viejo.

Martini buscó de manera más bien frívola justo esa juventud de la película de Godard: irresponsable, rápida en valores, desprejuiciada respecto al mañana. Ya lo resumía en una secuencia Belmondo, descamisado y pitillo en boca, cuando afirmaba que su máxima aspiración era la de ser inmortal y morir justo después. Más o menos, alcanzar antes de que sea demasiado tarde el éxtasis (carnal) de nuestro momento y después… pues a otra cosa.

Y me acuerdo además de Chanel nº5 con Marilyn, del Lybra de Harrison Ford, o rizando el rizo del whisky de Bill Murray en Lost in translation… y de la sección de glamour de Boris Izaguirre en FOTOGRAMAS.

¿Os acordáis de algún anuncio más?

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Breve opinión sobre El Prestigio. El truco final.

Ligeros SPOILERS…

¿Alguien se imagina la deslumbrante emoción que debió sacudir el cuerpo de Thomas Edison en el preciso momento en el que de entre sus manos surgió la luz? Edison inventó la bombilla en 1879 y con ello fue calificado de prestidigitador, de ilusionista, de mago. Justamente de dos de ellos va The Prestige. Dos magos esforzados al máximo en sorprender, en la época del positivismo, a un público cada vez más difícil. Pero lo curioso es que uno de ellos, el de Hugh Jackman, consigue su mejor juego de manos explorando los límites últimos de la ciencia. Concretamente el de la electricidad y su frankensteiniana capacidad de dar la vida. Me refiero por supuesto a la escena de los gatos y los somberos duplicados. Una historia que por si sola constituye un apasionante relato de fanta-ficción. Con el cual Christopher Nolan podría haber expuesto la poética de un mago que oculta bajo un brillante truco de ilusinismo lo que no es más que un monstruoso avance científico que todavía su audiencia no ha asimilado. El mago de Hugh Jackman no se saca chisteras, palomas o pañuelos de la manga sino que como el famoso científico prefiere hacer aparecer bombillas. 

Y digo que Nolan podría haber expuesto porque si se me pregunta diré que aunque tanto esta historia como la de Bale me parecen fascinantes, en conjunto no funcionan. Pertenecen a órbitas muy distintas. Al director de Memento le queda una excesivamente alambicada, fastuosa y cargante reflexión sobre los mecanismos del engaño que desde luego está muy lejos de engañar a cualquier espectador.

Mi valoración **

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Little Miss Sunshine. La imperfecta familia disfuncional.

En un año como el 2006, en el que el Foro de la familia ha vuelto a salir a las calles para alzar la voz, un puñado de estrenos, la mayoría de vocación indie, les ha dado una inconsciente respuesta al conformar entre todos ellos un atípico álbum familiar. La galería de imágenes de la familia disfuncional expuesta en la suma de sus maneras y con casi todos sus problemas.

Entre las instantáneas destaca Little Miss sunshine, la historia de Olive una niña de ocho años, que sueña con los concursos de Miss América, que teme comer helado por si engorda y que le pregunta de vez en cuando a su abuelo, ¿Soy bonita?. El film que bien podría ser la réplica para todos los públicos del más irreverente cine americano, de por ejemplo pongamos Todd Solondz, evita no obstante repetir el principal error de demasiadas cintas que se asumen como transgresoras. Y no es otro que ocultar un discurso profundamente moralista bajo la acumulación de rarezas, un buen tema pop y una ilusoria diversidad. Más que nada, porque Little Miss Sunshine funciona como un acercamiento tierno, agridulce, nada cool y humano a sus protagonistas, sin imposturas. Así cómo una ácida reflexión de los certámenes de belleza. Emblema de todos esos concursos de popularidad en los que tantas veces hemos participado y en los que en demasiadas hemos deseado ganar. Sin importarnos si encajábamos o no, o si incluso queríamos.

Entre los personajes que mejor representan la familia disfucional estás han sido las respuestas.

-Alan Arkin. Little Miss Sunshine. 35,4%

-Felicity Huffman. Transamerica. 14,6%

-Jeff Daniels. Una historia de Brooklyn. 8,3%

-Marc Andre Gondrin. C.R.A.Z.Y. 6,25%

-Amy Adams. Junebug. 2,08%

-Sammy Davis Jr. Jr. Todo está iluminado. 14,58%

-Lou Pucci. Thumbsucker 6,25%

-Eva Marie Sant. Llamando a las puertas del Cielo. 12,5%

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Mi Idaho privado. Las mejores películas gays.

Aparecida en 1991, cuando Gus Van Sant todavía era considerado el poeta del desamparo, Mi Idaho privado vino a ser una atípica road movie protagonizada por un chapero narcoléptico, Mike Waters, que aquejado por involuntarias pérdidas de consciencia, recorre los Estados Unidos a la búsqueda de su madre. Aunque jamás llega a reencontrase con ella, descubre por el camino, en las calles de Portland, a su particular familia en un grupo de putas y yonquis. De uno de ellos, Scott Favor, llega incluso a enamorarse.

En una de las más conmovedoras secuencias de la (breve) historia del cine gay Scott, heterosexual de condición y chapero sólo por rebeldía a la figura de su padre, el alcalde, rechaza a Mike, cuando este torpemente se le declara. Años más tarde, Scott alcanza una privilegiada posición social mientras que Mike continúa malviviendo en la calle. Mi idaho privado  no fue sólo el ejemplo, entrevisto en esa secuencia, de la anacrónica confusión del género con el sexo, y de la orientación con la sexualidad, sino que principalmente fue la historia de una inadaptado que reclama lo que todos los inadaptados. Que los quieran (y los cuiden) sin tener que renunciar a ser cómo son.

Aunque la clasificación sea un poco absurda ,estas son las película de temática abiertamente gay que más me gustan.

1. Brokeback Mountain

2. Las horas

3. Happy together

4. The rocky horror picture show (aunque más bien sea una película glam)

5. La ley del deseo

6. Mi idaho privado

7. El fragmento de Ian Somerhalder de Las reglas del juego

8. Thelma y Louise

9. Criaturas celestiales

10. Priscilla reina del desierto

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De lo que supone Lost in translation

A veces las películas no son sólo películas, sino estados de ánimo. A veces las historias no son sólo historias, sino puras emociones. Lost in translation no es una película, ni tampoco una historia. Es mucho más que eso. Es una noche (o varias) alucinógena (o alucinada) en la que no hay manera de dormir. Es también la mañana siguiente en la que te detienes en medio de la multitud y te preguntas por qué tienes tanto sueño. A lo que, por cierto, sólo sabes responder añorando una conversación de hace ya muchos años que creías olvidada. En ese bar, con aquel tipo que casi no conociste, al que nada le importabas, pero al que quizá le revelaste sin pretenderlo algo muy secreto. Lost in translation es una película que cree que a lo mejor el amor de las películas sólo está hecho para sentirlo en una pantalla de 35 mm, no para vivirlo. O que a lo mejor la auténtica intimidad se esconde entre un disco de Air y un Karaoke nocturno, entre una sesión doble de cine en versión original y una caricia furtiva. O que a lo mejor todo lo que nos gustaría decir, lo que desearíamos gritar, aquello que jamás llegamos a expresar, le pertenece a un guionista con copyright, muy obsesionado por los derechos de autor. Por eso Lost in translation es finalmente un plan. Susurrar en voz baja, muy baja a la persona que ha detenido su paso a nuestro lado y  confiarle el secreto para que lo guarde, y que así el cine no nos escuche y no pueda jamás revelárselo a ningún otro espectador. Nuestro para siempre.

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De Casablanca a Brokeback Mountain.

Crítica de La Dalia Negra.

Carteles o cómo contar películas en pause.

De por qué Volver es como es, además de ser la mejor película española del año

Un amigo opina que si Penélope Cruz es finalmente candidata al Oscar, deberían nominar también a Pedro Almodóvar, no sólo por mérito propio, sino porque el director manchego es el responsable último de que la Cruz sea en Volver lo que es. En una escena de la película se recoge el pelo, se planta un delantal y se enfunda unos guantes de humilde ama de casa, de madre entregada y de mujer arrabalera. No importa, sigue estando indeciblemente bella y desbordantemente sensual. Como nunca. Parece que la cámara esté enamorada de ella, o que Almodóvar filme como si la adorara, lo que es más probable. Incluso en esta secuencia tan propicia al feísmo ella se revela como una maggioratte extirpada de los puertos napolitanos e implantada en La Mancha, o lo que el propio director de Volver resume en una Sofia Loren castiza, pero no la Loren estrella, sino la Loren pescadera.

Esta secuencia, por otra parte intranscendente, revela muy elocuentemente lo que es Volver en último término. No es que la Cruz desprenda belleza, es que hasta las telas pintadas de la pared, los muebles de la cocina y por supuesto la comida muestran una plasticidad abrumadora. En un cine español sobrecargado de marginalidad, Almodóvar filma hasta el detalle más ligero con autoconsciente preciosismo. Así la comida que resulta cocinada por Raimunda se nos antoja física, sabrosa y casi de escaparate de confitería. Volver es para el Cine de Almodóvar algo similar, una película hermosa, llena de sabores, a la que gusta hincar el diente, y que cuando se prueba resulta además jugosa y nutritiva. Volver es como los buenos platos, se cocina a fuego lento pero después se digiere con liviana, que no superficial, rapidez. Podría decirse que es la mejor película patria del año, una de las grandes de Almodóvar y la que mejor ha sabido de su filmografía amasar y empastar el pastiche en naturalidad. Como la lágrima de corilio implantada que le corre a Raimunda por la cara, así es Volver. Artificio si, pero humanidad también.

Aunque para vosotros hay otra ganadora por poco.

-El laberinto del fauno. 30%

-Volver. 27,5 %

-Salvador. 10%

-Azuloscurocasinegro. 10%

-La noche de los girasoles. 7,5 %

-Alatriste. 5%

-El camino de los ingleses. 5%

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