¿Y si esta vez te quedaras?

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Austen y el cine

Febrero 8, 2008 · 6 comentarios

A la prosa de Jane Austen le gustan las categorizaciones, la clasificación de las relaciones humanas en adjetivos contrapuestos. Estoy pensando en Orgullo y prejuicio, también en Sentido y sensibilidad. Es posible que sus novelas se confundieran hoy día con malas comedias románticas. Mucho hay en ellas de literatura del cotilleo para damas adineradas, aunque por suerte a sus páginas nunca les falte ironía. Sin embargo más allá de eso Austen ofrece virtudes propias; una precisión absoluta para definir a cada personaje, y varios hallazgos sentimentales que trascienden su carácter de novelas para la hora del té.

Entre las múltiples ocasiones que ha sido adaptada a la gran pantalla, una de las últimas, Orgullo y prejuicio, de Joe Wright, brilló con relativa intensidad por ser una agradable versión repleta de ritmo. La interpretación de Keira Knightley, como personaje central, resumía la esencia de la cinta : encantadora y liviana. Ese mismo año, por cierto, vio la luz La joven Jane Austen, pirueta narrativa entre la vida de la novelista y su obra, que, en realidad, no era más que una de esas malas comedias sentimentales de las que arriba hablábamos y encima con ambiciones metaliterarias. Quizá continúe siendo Sentido y Sensibilidad la mejor versión de una de sus obras, por la manera en la que Ang Lee modernizó la pompa inglesa, sin frivolizar jamás el sentido que los británicos conceden a las relaciones. Hay un contrasentido curioso en esta cinta, en lo que se refiere a la relación que se establece entre Marianne y Willoughby. El episodio emocional está narrado con tantísima pasión, sonetos de Shakespeare mediante, que al espectador le resulta tan difícil como a la propia Winslet aceptar la lógica del final, propio de alguien tan conservador como Austen, en el que ella acabará prefiriendo al impasible y aburrido Coronel, en lugar de al imprevisible, atractivo y canalla Willoughby. Un defecto que acaba convirtiéndose en virtud, de esa manera en que a veces las historias no pueden escapar de su genialidad, por la paradoja de que esos minutos acabarán siendo los mejores de la cinta. Supongo que es la consecuencia lógica de colocar la poesía de Shakespeare a la altura de la literatura de Austen.

Y hoy resulta que estrenan Conociendo a Jane Austen.

Otros apuntes literarios.

Clásicos inadaptables y sobre James Ellroy.

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Hitchcock, De Palma, y una crítica de Doble Cuerpo.

Octubre 28, 2007 · No hay comentarios

Valoración *****

Entre la secuencia de Doble Cuerpo en la que Deborah Shelton se encuentra por primera vez con Craig Wasson en el ascensor, y la siguiente en la que se vuelven a cruzar en la playa, ella pasa de llevar gafas de sol a quitárselas inmediatamente ante él. De una a la otra ha pasado de conocerle a reconocerle. Con el tiempo algo similar nos ha ocurrido con el cine de De Palma: hemos dejado de verlo, para comenzar a entenderlo. Su cine ya no es sólo la réplica posmoderna del de Hitchcock, sino toda una relectura transversal de su obra. En este caso de Vértigo y de La Ventana indiscreta. Dos películas condensadas en una, a través de unos inéditos puntos de conexión, que una mente enferma ha localizado entre los espacios en blanco de la filmografía del británico.

En Doble Cuerpo, De palma vampiriza, otra vez, a Hitchcock, sólo que esta vez literalmente. Acumula mecanismos clásicos para luego disparar en otra dirección. Reproduce las formas del mago del suspense, pero destierra a la superficie un subtexto hasta ahora oculto emparentado con la serie b y el porno más casposo. Así el director de Carrie se convierte en mirón del mirón, en fetichista de lo ya fetichizado. Doble Cuerpo es una perfecta metáfora, elevada a la más alta potencia por su referencialidad, sobre la identidad y su simulacro. La confirmación de que De Palma nunca es más De Palma, que cuando es otro. Algo así como la evidencia de que el porno no es sólo el género del artificio, sino por encima de todo el cine del futuro. Y es que su director está plenamente convencido de que si Sir Alfred Hitchcock siguiera haciendo películas hoy día, estas serían, sin lugar a dudas, de calificación X.

Lo mejor: Que puede enfrentarse a Vértigo sin temor.

Lo peor: Que se infravalore su cruce de referencias.

 

Artículos relacionados. La dalia negra, Carrie.

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Ray Harryhausen y demás fantasías.

Octubre 8, 2007 · No hay comentarios

Mira que hay excusas para querer ver una película: el tema, el director, el género, los actores, o incluso el guionista -ahí está Charlie Kauffman-, pero es bastante raro querer hacerlo por el responsable de los efectos especiales. Sin embargo eso es justo lo que me pasó con Simbad y la princesa. La cosa viene de cuando era pequeño y, en una sesión de tarde de La primera, disfruté de unos cuantos monstruitos, diseñados según la técnica del stop-motion, con aspecto de plastilina ahuecada, y tacto (seguramente) de cartón piedra, con los que Ray Harryhausen se lo puso difícil a los exploradores de Jasón y los Argonautas. Así que recuperé ésta hace unos meses, y como el resultado fue satisfactorio -conservaba intacta la magia que le achacaba, si es que no había ido en aumento-, probé con otra cinta suya. Así me encontré con Simbad; que cierto es que está un paso por detrás de Jasón, y cierto también que el intrépido marino parece más bien un Elvis con bombachos, que Sokurah, el malvado mago, es igualito a Mr Locke, y que la Princesa Parisa, resulta más bien cargante, pero da igual porque posee ese genuino y olvidado sabor a aventuras de antaño (esta vez en su vertiente más oriental). Además de las necesarias dosis de ingenuidad y encantamientos.

Pero lo que más me gusta de estas películas es el vapuleo a la historia y sus mitos. Esa bulimia referencial, que me recuerda a mi mismo con 8 años cruzando en un combate a muerte a Hyoga, el caballero del cisne, con un playmobil pirata, y que es similar a la estampa también infantil de Harryhausen juntando de golpe dragones, cíclopes, pájaros bicéfalos o cualquier otra criatura que se le pase la imaginación, sin importar su mitología de origen, y con la misma ilusión de un crío.

Y de este tipo de films hay muchos ejemplos. Dinosaurios en el siglo XX (Parque Jurásico), enfrentamientos entre personajes de universos no coincidentes (Alien vs Predator, Batman contra Drácula) o personajes históricos en historietas de tebeos (Hitler en Los 4 fantásticos, o Al Capone en Tintín)

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Monstruos invisibles

Junio 29, 2007 · 30 comentarios

El doctor Frankenstein (1931), de James Whale, como la mayoría de películas de terror de la época, contaba con un prólogo, en el que se nos advertía sobre la naturaleza monstruosa de lo que estábamos a punto de presenciar, de la misma manera que a la vez se nos recordaba que todo no era más que pura simulación, sólo ilusionismo. En El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, dos niñas, Ana e Isabel, que asisten en 1940 a una proyección, en algún lugar de la meseta castellana, de la película de Whale, llegan a la conclusión de que si en el efecto en el cine todo es mentira, la criatura del Doctor Frankenstein no ha podido morir en pantalla, y por tanto necesariamente tiene que seguir viva por algún lado. Así el film de Erice podría ser considerado también un largometraje de terror, sólo que al hacer suyo aquel prólogo, subvierte su significado, porque esta vez lo que vamos a ver resulta aterrador precisamente porque puede ser cierto. El monstruo al que Ana invoca no es más que el espíritu de un maqui, cosido a balazos y remendado con injertos y tornillos por un perverso y desquiciado doctor, el auténtico villano de la función. Ana entiende que, pese a su aspecto deforme, la criatura no es el malo de la película. El espíritu de la colmena demuestra que los monstruos también existen en la vida real, sólo que estos no van maquillados, ni  tampoco disfrazados, aunque todos sabemos perfectamente cuales eran los de la España de 1940.

(Por cierto aprovecho para anunciaros, aunque muchos ya sabréis de lo que hablo, que en breve tendremos una gran noticia relacionada con el cine e internet. Ya os iré contando más)

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De Los mejores años de nuestras vidas

Junio 22, 2007 · 15 comentarios

No recuerdo muy bien de que manera, pero sé que en las primeras páginas de Matadero nº5, una amiga del propio Kurt Vonnegut le reprocha a este que quiera convertir el libro que piensa escribir sobre los bombardeos de Dresde en otro más para el que la guerra no sea más que ese lugar al que se entra siendo un niño y del que se sale como un hombre, cuando más bien es al revés. Viendo Los mejores años de nuestras vidas, aquel diálogo no dejaba de sobrevenirme una y otra vez. La película, que analiza las secuelas de la II Guerra Mundial en un grupo de soldados, es no pocas veces cruda y exacta al reflejar hasta que punto, en tiempos de paz, aquellos hombres se sintieron desplazados frente a un hogar que ahora les era ajeno. Pero pese a todo no pude evitar pensar que a la amiga de Vonnegut la cinta de Wyler no le hubiera hecho ninguna gracia, y es que su visión sobre el conflicto bélico parece siempre anestesiada.

Habrá quién afirme, no sin razón, que todo esto son meras cuestiones ideológicas, que no pueden ocultar que Los mejores años de nuestras vidas es una película prodigiosamente rodada; sin mácula. Sin embargo cuántos films mucho más irregulares me han calado más hondo, y es que empieza ya a ser hora de desterrar ese lugar común por el que se afirma que las películas más redondas son necesariamente las más memorables. Cuando de hecho las que más se recuerdan son las que si consiguen de verdad reflejar esos mejores años de nuestras vidas, por imperfectas que puedan ser. O justamente por ello.

(Dedicado a Sir austin powers, que me acusa de volver y no saludar. Espero acabar pronto los exámenes y ver si puedo regresar al blog. De momento un saludo a todos, a los que os leo desde el anonimato)

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Akira y el fin del mundo

Abril 13, 2007 · 33 comentarios

Akira de Katsuhiro Otomo fue un prototipo altamente significativo de uno de los animes más ortodoxos que puedan existir, el mesiánico. Un género derivado de la oleada de paranoia y pesimismo que sacudió a Japón tras su derrota en la II Guerra Mundial, y que llevó a la nación entera a depositar su esperanza de futuro en los avances tecnológicos. Se trata de un serie de argumentos que combinan sin dificultad elementos tan dispares como experimentos científico-militares, injertos robóticos, cataclismos universales y demoledores enfrentamientos entre el bien y el mal. En occidente este tipo de películas se han entendido desde la figura de un héroe, de talante griego y destino profético, que de alguna manera tiene que tomar una decisión en la que sacrifica algo de su propia felicidad (de su propia humanidad) para evitar el fin del mundo. Así ocurre, por ejemplo, en Matrix, La guerra de las galaxias, o El señor de los anillos, en las que Neo, Luke Skywalker y Frodo son protagonistas de una gran epopeya con la que soportan una carga superior a la que sus hombros pueden resistir. En el anime la carga se hace mucho más llevadera porque los hombros de los mesías suelen estar hechos casi siempre de metal.

Si en las películas occidentales los héroes son la parte final de una profecía enunciada siglos atrás por sus ancestros, en el anime se va más allá, porque estos mesías, además de al pasado, abrazan al futuro. Seres, 50% hombres, 50% máquinas, llenos de implantes tecnológicos, que están dispuestos a que les cambien su corazón por uno de un androide si con eso logran mayor potencia para erradicar al mal definitivamente. Otra manera distinta de sacrificar su propia humanidad.

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El melodrama y el porno

Abril 9, 2007 · 46 comentarios

(siguiendo con lo mismo)

En una entrevista concedida hace un par de semanas a un periódico español, Lars Von Trier aseguró que llevaba ya tiempo contemplando la posibilidad de afrontar, en uno de sus siguientes proyectos, lo que vino a definir como una película-para-adultos de calidad. Su propuesta recuerda a la que Jack Horner/Burt Reynolds realiza en Boogie Nights al superdotado y, entonces emergente estrella del porno de finales de los 70, Eddie Adams. Horner pretende una utopía, conseguir que una cinta calificada como X despierte interés más allá de las escenas de sexo, es decir, dotar de algo de qualité a sus maltratados argumentos. Sin embargo, entendiendo el porno como la radicalización del melodrama, lo que busca Horner (y Von Trier) no está tan fuera de lugar. De lo erótico a lo romántico solo hay un paso. Ambos géneros comparten la premisa de un encuentro íntimo, pleno, intenso y devastador entre dos cuerpos/almas al descubierto. Un contacto, en los dos casos, igual de artificial, torpe, simulado, como al final, levemente insatisfactorio. Y es por eso que al porno no debería costarle, como sí pasa en el melodrama, seducir al espectador más allá de la catarsis, propia de cada uno, que supone eyacular/llorar. Sobre todo porque ambas manifestaciones corporales son más bien similares, sino fluidos distintos para un mismo sentimiento.

Por supuesto si alguien conoce alguna película X, que posea un argumento más que decente, y desea compartirla…

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Las sesiones dobles de Wong Kar-Wai

Abril 6, 2007 · 24 comentarios

Fallen Angels (Wong Kar-Wai), estrenada en 1994, podría considerarse como una versión depurada, estilizada y más, mucho más, oscura de uno de los anteriores trabajos de su realizador, la popular Chungking express. Al igual que esta, aquí no se nos cuenta una sola historia, sino dos que confluyen en un punto común. Mientras que Chungking express era la suma de dos mediometrajes que sólo se cruzaban en el local del mismo nombre, en Fallen Angels hemos ganado por el camino y sus dos relatos han logrado fundirse, más allá del mero enclave físico, en uno solo para hablar de soledad e incomunicación compartidas. Pero las similitudes llegan más lejos. Ambas presentan un Hong Kong urbano, nocturno, de neón, salpicado por tifones emocionales y encuentros entre frugales y fugaces. Sólo que Fallen Angels, como buena balada de ángeles caídos que es, se ha filmado de manera más torturada, atormentada y angustiosa, como si por aquellas calles las relaciones humanas estuvieran encajonadas.

Hay una última coincidencia entre los dos films, los disparos. En Chungking express los protagonistas son policías que intentan, gracias al amor, redimir su día a día. En Fallen Angels, uno de los personajes es un asesino que aplica exactamente ese mismo teorema y, para escapar de la espiral de muerte y violencia en la que se ha metido, se deja caer en otra espiral de la que es aún más difícil salir indemne, la de una mujer. Sus posibilidades de ser felices son más limitadas porque a estos ángeles desterrados los agujeros en el corazón se los pueden causar tanto las balas a bocajarro como los desplantes mal encajados.

(Y todo esto para anunciaros la sesión doble -Deseando amar y 2046- de Wong Kar-Wai que Natalia Book y Jazzman han preparado. Si os quereís unir pasaos por allí, donde encontrareís, además de dos grandes blogs, las instrucciones para ello. Quisiera ponerlo en el margen, pero no tengo ni idea de como. ¿Alguien de wordpress puede echarme una mano?)

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Los Soprano, Tristram Shandy, Twin Peaks y Almodóvar

Abril 4, 2007 · 24 comentarios

¡Las películas!, ¡Las películas!, ¡Siempre las malditas películas! grita un enojado Tony Soprano, en un episodio de su laureada serie, a uno de los matones que trabajan para él y que está obsesionado con llevar a cabo una transacción comercial (de droga se entiende) con la solemnidad, el aplomo y el buen gusto de un mafioso sacado, o bien de Malas Calles, o de El Padrino o de El precio del poder. Por otra parte, en una escena de la reciente Tristram Shandy: A cock and bull story Winterbottom coloca de un lado al propio Tristram Shandy con veintimuchos años y del otro al mismo personaje, pero de niño (interpretado por un actor). El original se queja al pequeño de que con su actuación no ha logrado captar como era él con 5 años, pero este, rápidamente, se defiende argumentando que está siendo mucho más natural de lo que el propio Shandy lo sería si pudiera hacer de si mismo.

Lo que tienen en común ambos ejemplos, pese a las diferencias, es nuestra obsesión cada vez más generalizada por la mímesis. Superado eso de que el cine no necesita filmar las cosas tal como son para poder representarnos (ahí esta, por poner algún ejemplo, la humanidad de los retorcidos habitantes de Twin Peaks), el nuevo límite lo marca ahora nuestra capacidad para emular las películas que, a su vez, nos emulan a nosotros. Es lo que le ocurre al mafioso de Los Soprano, lo que le ocurre también a Tristram Shandy. Es posible que todo no sea más que un intento de alcanzar una trascendencia que rara vez se da en la vida, pero que sí suelen ofrecer los grandes films que se nos alojan en la retina. Parece que Almodóvar no se equivocaba al afirmar eso de que La vida imita al porno.  La mala vida, añadiría yo.

Prometo analizar algún día con más calma el aforismo de Almodóvar.

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JFK. Caso abierto

Abril 2, 2007 · 31 comentarios

Jaqueline jumps to the back of the limousine, maybe trying to escape or maybe trying to get help from the Secret Service agents.

El asesinato de John Fitzgerald Kennedy tuvo algo de tragedia griega. Más que un magnicidio fue un parricidio que parecía inevitable que acabaría sucediendo. El modus operandis lo puso un rifle Mannlicher-Carcano, disparado por un tal Lee Harvey Oswald desde la azotea del Texas Book Depository sobre el auto presidencial, que en ese momento acababa de entrar en el Dealy Plaza de Dallas. Oswald para algunos no fue más que un comunista que respondió ante los errores paternos con el fervor propio del hijo que se rebela bajo la intención última de preservar la familia. En este caso, los Estados Unidos. Para la mayoría, sin embargo, esta lógica se aplicaba mejor a aquellos que utilizaron a Oswald como chivo expiatorio. Una poderosa conspiración que pudo implicar a la mafia, las grandes corporaciones y los servicios de inteligencia, dispuestos a no asumir la posibilidad de que el Nuevo Camelot del que tanto presumía el presidente se hiciera realidad. Aquella promesa de un nuevo país parecía la última posibilidad de que el sueño americano cobrara forma. Pero también tuvo mucho de quimera, de película de estudio filmada por el mismo Kennedy. El entonces senador movilizó a Hollywood para que le convirtiera en un tipo popular y acorde con los tiempos, el trigésimo quinto presidente de la Casa Blanca. Como respuesta llegó el Rat Pack de Frank Sinatra y le diseñó una campaña que le acabaría conduciendo al Despacho Oval tras un estrechísimo margen electoral.

En 1991 Oliver Stone estrenó JFK, una película alineada con la teoría conspirativa, de la que Roger Ebert afirmó que si bien Stone no tenía ni idea de quién andaba realmente detrás de lo que le pasó Kennedy, si que conocía a la perfección como se sintió el país aquel día. Su film era como una radiografía mental de la paranoia, miedo y frustración que asoló a la nación esa mañana en que el Nuevo Camelot estalló por los aires. Espectáculo y política se habían combinado a principios de la década para fabricar una ilusión, que comenzó a desaparecer aquel 22 de Noviembre de 1963, en un camino irreversible que conduciría hasta el 9 de agosto de 1969, cuando la familia de Charles Manson acabó con la otra cara de la moneda, Hollywood, en el homicidio de Sharon Tate. Entre aquellas dos fechas algo muy importante se había perdido. Estábamos en los setenta.

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-Crítica World Trade Center.

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Embrujadas (El exorcista, Carrie)

Abril 1, 2007 · 32 comentarios

 

Atendiendo a los análisis demográficos del público de 1973, el éxito de El exorcista no se debió exactamente a una fuerte presencia femenina en las salas, sino que, más bien, los cientos de millones que recaudó en taquilla procedieron, en un alto porcentaje, de la asistencia masiva de varones. El film de Friedkin inspirado en el suceso real de Regan, una niña de 12, sometida a un doloroso exorcismo después de que su cuerpo comenzase a manifestar síntomas propios de una posesión, se aventuraba tres años a la imagen que de Palma presentó en Carrie de una adolescente que también padecía transformaciones físicas (la menstruación) y psíquicas (poderes paranormales) en su piel. Aunque Carrie se pudiera entender en otro sentido, como la deconstrucción del género adolescente, compartía con su antecesora la visualización de una de las peores pesadillas del hombre heterosexual. Regan, con sus malolientes fluidos, sus masturbaciones sacrílegas, sus eccemas y su malhablada lengua; y Carrie, al asociar al primer período una sangría procedente de sus poderes especiales, suponían una representación terrorífica de la llegada de la entonces niña a la plenitud sexual. Es por eso que en 1973 la presencia masculina fue la mayoritaria en los cines. El exorcista provocó auténtico pavor entre aquellos que interpretaron el advenimiento del mal como la llegada a la madurez de un diablo con sexo, género, capacidad de seducción, y dispuesto a ponerse falda y, sobre todo, a comenzar a pensar. 

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-Crítica de La Dalia Negra.

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La vida de los otros y demás consideraciones

Marzo 30, 2007 · 27 comentarios

En La vida de los otros Gerd Wiesler es un agente alemán de la extinta RDA que recibe, en un año tan significativo como 1984, la misión de buscar pruebas incriminatorias contra un literato de éxito, Georg Dryman, acusado de colaboracionismo con los del otro lado de la frontera. Por debajo de este argumento y de su exacto mecanismo de reloj, este potente clásico de una pieza coincide en un punto común con una película a la que le debe bastante, La Conversación, y no es más que la conclusión de que ser espía no es tarea fácil. Estudiar la vida de otro conlleva necesariamente descubrir que trás cada persona se esconden secretos que nunca hubiéramos imaginado. No hablo ya sólo de La vida de los otros, en la que algo de esto queda (la esposa infiel), sino de algo bien distinto: las similitudes entre los espías y los cuentistas. Una de ellas, la que descubre Wiesler, es que no se puede ser impasible, la otra, aún más significativa, es la de que ningún magnetofono, como tampoco ninguna cámara, por potentes que sean, lograrán jamás abarcar de una sola tirada todas las capas que una historia contiene dentro de sí. Es el fracaso de la narrativa convencional, y quizá por ello, en plena desorientación del siglo XXI, proliferen tantas y tantas series empeñadas en interconectar diversos personajes y pasajes a lo largo de una trama que no para de desplegarse sobre si misma para de alguna manera alcanzar a ser el reflejo de la gran historia de nuestros días. O, al menos, un esbozo de ella. 

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Jules et Jim et l´amour

Marzo 28, 2007 · 33 comentarios

Mientras que François Truffaut, que era un enamorado del cine, proclamaba un nuevo lenguaje para este llamado nouvelle vague, a su vez dirigía una película que trataba justamente del amor y de las nuevas maneras de sentirlo. Jules et Jim estaba empapada de pasión, estupidez, lirismo, disparate, pedantería, amargura, melancolía y demás emociones que suelen inundar las relaciones. Pero su acierto fue otro. Como buena cinta del amor su protagonista no era ni Jules, ni tampoco Jim, sino la mujer que se interpuso entre ambos, Catherine, cuya verdad es que era el único animal salvaje al que fue imposible decir no. Catherine, la que se lanzaba de cabeza al Sena sólo por llamar la atención. Catherine, la que quiso llevar a la práctica Las elecciones afectivas de Goethe. Catherine, la que nunca conoció la mediocridad por ser hija de madre británica. Y Catherine, a la que Jim reprochó haber querido inventar el amor. Pues este blog, que tantas veces ha intentado reflexionar sobre las obras maestras que nos ha ido dejando el cine, no le queda otra que dedicarle unas palabras a esa mujer, cuyo empeño mayor fue, de hecho, el de querer convertir cada uno de sus segundos en puro arte. Es cierto que fracasó, y quizá por eso se ha quedado fuera del título, pero sigue siendo su sonrisa, y no la de Jules, ni la de Jim, ni tampoco la de cualquier otro, la que buscamos entre el tumulto en cuanto se apaga el sol.

Probablemente no estábamos preparados y es que como Jules apunta al final, Quería que sus cenizas fueran lanzadas al viento, pero no pudo ser. No estaba permitido.  

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El show de Truman y los realitys

Marzo 25, 2007 · 40 comentarios

Tras ser calificados de experimento sociológico por una presentadora empeñada en acreditarles algún tipo de coartada intelectual, los reality shows pasaron a constituirse al momento como lo que realmente eran, la nueva forma de ficción de nuestros días. La aparente libertad de la que presume la telerrealidad no es más que parte de un guión en el que se ha previsto hasta la posibilidad más remota antes de que esta suceda. Eso es lo que ocurre con En el show de Truman, en el que Jim Carrey protagoniza su propio programa de televisión, como una versión extrema de una soap opera a tiempo real. Truman, aunque no busque los 15 minutos de fama de los que hablaba el aforismo warholiano y que sí imploran los concursantes de cualquier reality, es presentado exactamente de la misma manera que ellos, como un paria del siglo XXI, que nosotros, desde fuera, contemplamos con una mezcla de condescendencia y burla. En este sentido el juego de espejos de la película no es tanto la paranoia de que cualquiera de nosotros podría ser Truman, como la de que todos ya somos esos espectadores enganchados a la vida de otro. El show de Truman viene a representarnos como yonkis, adictos a las historias ajenas, incapaces de pasar sin la dosis correspondiente para aplacar el mono. Al final de la película cuando Truman encuentra una puerta, entre tanto cartón-piedra, por la que escapar, lo que se nos enseña realmente es que si ninguna ficción puede sobrevivir a la rebelión de su personaje central, mucho menos puede hacerlo frente a nuestra decisión de apagar el televisor.

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Infiltrados y la identidad

Marzo 15, 2007 · 41 comentarios

Si las novelas de ciencia-ficción trataran sobre cine, una de ellas acabaría pronosticando, antes o después, un futuro nada lejano y más bien distópico en el que las productoras se limitarían a replicar los éxitos, reproduciendo las mismas películas sin aportar, en la mayoría de los casos, nada nuevo por el camino. Tomemos como ejemplo Infiltrados, milimétrica copia de su original, Infernal Affairs, cuya diferencia principal con este estriba en inflar el metraje final. John Trent afirmó en este blog lo significativo que es para estos tiempos de simulación que el Oscar a la Mejor Película de este año se lo haya llevado un remake. El momento en el que Spielberg, Lucas y Coppola le entregaron la estatuilla dorada a Scorsese fue entendido por casi todos como una estrategia de reconciliación por parte de la Academia, cuando en realidad no fue otra cosa que un mecanismo de asimilación. El de último outsider de Hollywood recompensado por sus coetáneos (mucho más comerciales que él y alejados ya de los años en los que pretendían tumbar la industria), no tanto por una carrera pletórica, como por haber participado por primera vez de las reglas del juego, firmando el que es su trabajo más taquillero, pero también uno de los más impersonales. No estamos tan lejos de los días en los que los cines proyectarán una y otra vez las mismas películas, sólo que con nombre distintos, y nosotros ignorantes nos quedaremos discutiendo de cómo la fotografía o la banda sonora ha cambiado de una versión a la otra, incapaces de percibir el engaño.

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