
1953, una desconocida y neumática Jayne Mansfield se presenta vestida a lo Marylin a un prestigioso certamen de belleza, célebre por lanzar estrellas de cine a la fama. Con su imitación de la protagonista de Niágara gana el premio mayor y empieza a recibir clases de interpretación en el Estado de California. Rápidamente se hace un nombre, pero su carrera no acababa de despegar del todo, deambulando casi siempre entre papeles más bien pequeños, de segunda fila y sin fundamento. La mayoría ven en la Mansfield, lo que el jurado de aquel concurso que le dio la popularidad, a una imitadora, puro deja vu: la fotocopia mal resuelta y vulgar de la Monroe.
Y como era de esperar sus vidas se entrecruzaron: las mismas personas, los mismos ambientes y una fascinación igual de mórbida por todo lo que tenía que ver con Anton LaVey, el Papa Negro de Hollywood y su satánica iglesia. Primero fue Marylin la que compartió cama con LeVey y una vez que esta murió, el polémico mago, obsesionado con su asuencia, le rogó a la Mansfield, que andaba bastante colada por él, que ocupara su hueco y que por favor se comportara, se vistiera y sobre todo se desnudara igual que ella. Jayne aceptó aunque la cosa no le duró demasiado, porque cuando Sam Brody, su nuevo chico, se enteró de lo que pasaba, se plantó en el despacho de LeVey y amenazó con romperle todos los huesos del cuerpo si no se andaba quietecito. LeVey a cambio respondió profetizándole una muerte próxima. Poco después de aquel encontronazo, concretamente el 28 de junio de 1967, Brody y Mansfield salían disparados por el parabrisas de su descapotable al tomar la curva cerrada de una enfangada carretera a más de 130.
Pero lo peor no fue que se cumpliera la profecía de LeVey, ni tampoco que cuando lo llamaran por teléfono para comunicarle que Jayne Mansfield había muerto decapitada en un accidente de tráfico él volviera sus ojos sobre la foto del periódico que acababa de recortar y se fijara que en el reverso aparecía una instantánea de la noche anterior de Jayne y de Sam, a los que inconscientemente había cercenado la cabeza. No, lo peor para la memoria de la Mansfield es que la foto con la que realmente quería hacerse LeVey, el anverso de esa, era la de un anuncio. Como no, el Channel nº5 de Marylin Monroe. Hasta en su muerte le ganó la partida.
(Hay quién dice que nada de esto es cierto, que todo fue un invento de el creador de la Biblia Negra para aumentar su leyenda, pero eso no nos importa)
A Diana (AKA compañera de Jack Frost) a la que le gustan estas anécdotas.
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