
Valoración *****
Resultaría tarea intútil intentar localizar cuales son las rimas exactas que puedieran existir entre la Alicia de Lewis Carroll y la Jeliza-Rose de Tideland, más que nada porque cada una es bien distinta. Jeliza-Rose sería a su manera casi más grande. Podría contener, a un tiempo, a una Alicia convertida en una Reina de Corazones que decapita muñecas malibú, a la misma Alicia adoptada por otra Reina de Corazones adicta a la taxidermia, o nuevamente a esa Alicia saboreando una cena con conejo blanco en la celebración de su no-cumpleaños. Y Jeliza-Rose es todas estas cosas porque con Tideland, Gillian ha conseguido algo tan insólito e improbable, como ser fiel a su material de partida y a su vez obtener algo totalmente personal. Hacer suyo el cuento de Carroll con una mirada sesgada por lo escatológico, lo bufo, lo ridículo, incluso por lo tierno, pero sobre todo por lo atroz. Su Tideland es un País de las Maravillas siempre en oblicuo, siempre retorcido (como ese árbol que preside toda la película) siempre de secano y, además, siempre terrofíco. Un terror digital, que bien podría conformar un dítpitco perfecto con Inland Empire, por la manera en la que ambas le sacan el jugo a las nuevas tecnologías sin forzar demasiado el efecto. Con pesadillas de lo cotidiano.
Tideland es por tanto una película insobornable. Y tan desoladora como lo era Alicia. Su tristeza es compartida, sobre todo, en la manera en la que Jeliza-Rose abraza la fantasía como punto de fuga a la responsabilidad/culpabilidad de esas vacaciones sin retorno que se toma su padre; pero su tragedia es aún mayor: porque está condenada a una perenne caída libre, de agujero en agujero, cuya única esperanza es que sea cierto que los cuerpos disecados contienen aún algo de vida en su interior. Pero lo realmente doloroso de todo esto, es que para Jeliza-Rose, como dice cerrando la cinta en ese enigmático final, las cosas tienen nombre, y es que es más que probable que a diferencia de su predecesora ella sí sepa perfectamente como se llama ese perverso juego del que lleva ya demasiado tiempo participando.
Lo mejor: La niña.
Lo peor: Que luego a Gilliam no haya quién le soporte.
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