Finjamos que la tuvimos

Revisionada con el tiempo, Olvídate de mí ha resultado ser (incluso) más de lo que parecía, la supervivencia de la emoción ante el laberinto de la desmemoria. Esa fue quizás la razón, algo inconsciente por entonces, que me impulsó a titular este blog con una frase de la película. Digo esto con motivo del cortometraje que os dejo aquí abajo. Quizá sea demasiado atrevido llamarlo así. Se trata, en realidad, de un proyecto fin de carrera, rodado guerrilleramente y sin dinero. Su nombre es El extraño amor de Clark Kent. Es esta la historia de un piloto, que pese a llamarse Clark Kent, dista mucho de ser Superman. En cierto sentido, este pequeño vídeo es metáfora involuntaria de nosotros mismos: de alguna manera somos Clark Kents alojados en las antípodas del hombre de acero, aunque no por ello estemos menos empeñados en conseguir levantar algún día los pies del suelo y echar a volar. Cierro por eso recordando la escena en la que Kate Winslet decía aquello de ¿Y si esta vez te quedaras?. Lo decía a propósito de la amarga reminiscencia de no haberse despedido de Jim Carrey en su primer encuentro. Ella entonces sugería como antídoto una posibilidad insólita para los recovecos de la memoria, Vuelve e inventa una despedida. Finjamos que la tuvimos. Winslet intuía la verdad de todo esto, sólo una despedida, un punto y final, permite una nueva posibilidad, aunque esta se atreva a desafiar cualquier lógica. Pues bien no se me ocurre mejor despedida para este blog que compartir con vosotros nuestro cortometraje.

Análisis del 4×13, 4×14. There´s no place like home, Perdidos

SPOILERS DE LA FINALE

Atendiendo a las diferencias entre 2 escenas similares de las respectivas finales de la 3ª y la 4ª temporada, podemos intuir el grado del cambio que se ha efectuado en Perdidos en este último año. El doctor Jack Sephard escuchando a Nirvana, en A través del espejo, y, en situación análoga, también más avanzada, a The Pixies, en No hay lugar como el hogar. Aun moviéndonos en el mismo género, hemos cambiado de registro. El desplazamiento nos lleva a los orígenes. Pues no es menor el detalle de que The Pixies era una de las bandas de referencia de la extinta Nirvana. Así que podíamos interpretar esta 4ª temporada como un atípico camino a la verdadera definición de la serie. El traslado de la ciencia ficción del subtexto, a su nueva localización, el contexto. Así los 14 episodios de este año funcionan como la escenificación de esa entrada en el rock duro, del primer acto de fe, para el que los perdidos, especialmente Jack, no tendrán respuesta. Ya lo habíamos intuido en el final de la tercera, ese no era el Jack que venía siendo.

Este año, por fin, hemos visto lo que vio. O mejor dicho lo que no vio. O mejor aún, lo que vio que dejó de ver. La isla desapareciendo ante sus ojos. Excusa suficiente para no mirar a otro lado, más que nada porque con la vista en otro lado tampoco iba a lograr encontrarla. Se entiende ahora mejor la elección de Hurley para abrir esta temporada. Él, el loco, es el único que podía dar sentido a los espejismos de la isla, ahora que ella, literalmente, es el gran espejismo. Y, todo esto, el punto sin retorno de Perdidos, su jump the shark, ha ido de la mano de la transformación de Jack, esa Alicia alcohólica del futuro, que empieza a preguntarse hacia donde va esta aventura. Puede que el resumen de esta finale esté contenida en un ataúd, que antes era un misterio, y que ahora es la magia embalsamada de un cadáver, que quién sabe si es bueno o no, que eche a andar. O puede que todo se trate de dejar de buscar la serie en medio del vacío, como algunos seguimos empeñados, y empezar a hacerlo en sus nuevas coordenadas. Y es que, por lo menos, hay que reconocerles a los guionistas que tienen buen gusto para la música.

Análisis 4×01, 4×02, 4×05, 3×23, 2×24, 4×10, 4×11

Teorías de Lost. De la secuencia (Javilon5). De la Rueda de Buddha (^BadNumber^)

Un nuevo y fundamental blog de series

Y, siempre, Cinempatia.

Breve análisis del 4×11. Cabin Fever, Perdidos

Parece que, casi desde el minuto uno de su existencia, John Locke estuvo condenado a experimentar en carne propia lo que es la claustrofobia. La lista es larga, las incubadoras del hospital, las taquillas en su adolescencia, la silla de ruedas que le impidió durante años… e incluso, para añadirle algo de mala leche al asunto, antes que cazador, Locke se hizo cajero. Así que resulta que el título de este episodio, Cabin Fever, alude en un doble sentido a la misma circunstancia, la llegada de John Locke a la Cabaña de Jacob, quizás el primer espacio cerrado en su vida, en el que no se va a sentir atrapado. Esta cabaña, que no sé si a alguien más le parece el elemento más lynchiano de toda la serie, nos brinda una escena antológica, Christian y Clarie esperando al hombre de fe para tomar el té, discrepar sobre el destino y pasarnos por debajo de la puerta un mensaje de Jacob: Hay que cambiar la isla de sitio. La idea, una ida de olla, tan temeraria como fascinante, posee resonancias mitológicas. Si no hace ni 7 días que andábamos discutiendo sobre el porqué de que Jack quisiera hundir el cielo sobre nuestras cabezas, ahora nos toca preguntarnos cómo Locke va a conseguir cargar una isla entera sobre sus hombros. La respuesta es más sencilla de lo que parece, el peso de toda una placa tectónica no le debe parecer tanto a alguien que ha llevado el cadáver de su padre a la espalda. La cosa, hay que reconocerlo, no deja de tener una ironía sublime. Va a ser el lisiado de esta aventura, el que acabe cargando con todo un continente entero.

Análisis 4×01, 4×02, 4×05, 3×23, 2×24, 4×10

Análisis 4×10. Something nice back home

Hará ya casi cuatro años de que en un maloliente tugurio de Sidney, un neurocirujano de reputada valía le contase a un timador, no menos mujeriego y borracho que él, dos cosas fundamentales para la vida. La primera, que los Red Sox jamás ganarán la liga, porque la gente prefiere sufrir. La segunda, que Australia es conocida como el culo del mundo, porque es lo más cerca que se puede estar del infierno sin llegar a quemarse. Varios días después, el avión en el que iba ese timador de poca monta, acabó estrellándose en una misteriosa isla del pacífico sur, que bien podría pasar por un perfecto purgatorio. En ese mismo vuelo, cosas del destino, iba también el hijo de dicho neurocirujano, otro médico, de aún más renombrado prestigio, incapaz de escapar del fantasma paterno. Con el tiempo el hijo acabó saliendo de la isla. Y terminó el viaje hasta llegar a la, cuidado con el nombre, celestial ciudad de Los Angeles. Allí alcanzó, pese a tanta turbulencia, su something nice back home. O como dice el pirado de su amigo Hurley, esto tiene que ser el cielo, tío. Sin embargo, ya sabemos por los últimos 5 minutos de la tercera temporada, que ese cielo no les sirve para ser felices. Quizá sea a lo que se refiere el mismo timador un episodio antes cuando afirma, que el cielo está a punto de caerse sobre nuestras cabezas. Y eso es lo que literalmente acabará deseando Jack, que el cielo se resquebraje. ¿O no le dice a Kate aquello de que su corazón se acelera, ante la posibilidad de que el avión vuelva a estrellarse?

Este episodio podría contener el perfecto final feliz para Perdidos, de ser esta una serie de finales felices. Jack contándole un cuento a su hijo, redimido como el gran padre de familia que jamás fue su viejo. Un folletín rosa truncado en pesadilla, al descubrirse la trampa de la escena. Jack, involuntariamente, está asumiendo el papel de Christian, al leerle a Aaron, tal como su padre le leía a él. Y para recordárselo, se produce el regreso de ese padre, que ya fue una vez el conejo blanco que lo llevó hasta la isla, y que se dispone a serlo de nuevo. No en vano, en el fragmento que recita Jack, se cuenta cómo Alicia entendió como verdadero lo que había de extraño a su alrededor y se dijo a sí misma. Si nada ha cambiado, entonces la que ha cambiado soy yo. ¿Quién diablos soy ahora?. Esa Alicia es el Jack del futuro. El Jack que ha empezado a creer en los milagros de la isla. Hay algo absolutamente revolucionario en todo esto, supervivientes que no desean ser rescatados, que incluso prefieren volver. Es como si Dorothy hubiese descubierto que Oz puede ser un sitio peligroso, pero a su vez absolutamente hermoso. O como si lograra darse cuenta, al fin, de algo que Jack lee en los periódicos en este mismo episodio: que los Red Sox este año no han ganado la liga. Y que es más que seguro, que tampoco la ganarán al siguiente.

P.D. Casi nadie opina lo mismo por lo que leo, pero para mi uno de los mejores episodios en mucho tiempo.

Análisis 4×01, 4×02, 4×05, 3×23, 2×24

Manson adapta a Lewis Carroll

Tideland. La Alicia retorcida.

My blueberry nights. Opinión, crítica, reseña.

Valoración ***

My blueberry nights no es una excepción en la filmografía de Wong Kar Wai, al contrario, se sotiene exactamente sobre el mismo registro que todo su cine, la sensualidad. El erotismo contenido, mediante la sinestesia del ritmo, de los colores, de las texturas, para caputar el sentir del roce, de la respiración entrecortada, del olor persistente. Sonámbulo sentido del deseo. Encuentros efímeros pero devastadores, de consecuencias imprevisibles, furtivos pero capaces de dejarnos mella, intensos pero a su vez imposibles de ser localizados con precisión en la memoria. Amantes torturados, encerrados por los neones de la ciudad, liberados por una caricia. Asfixiados por la lujuria, pero necesitados de ella… Era, por tanto, lógico que este cine con cierta vocación de cruce de caminos encontrara, en su viaje a las Américas, su ajustado reflejo en las carreteras de la ruta 66. Lo que quizá sea más discutible es si Wong Kar-Wai no debería haber traducido las diferencias culturales, en lugar de fotocopiar su estilo. A mi juicio la única parte en la que su cadencia se ajusta a la perfección es la de Nueva York. También es la más verdadera. Esta es la primera película del realizador de Deseando amar en la que detecto ciertas corrientes de impostura recorriendo el relato, e incluso intuyo un cierto molesto tono new age. Con todo sigue siendo una obra de Wong Ka-Wai con lo que eso implica y con lo que eso me fascina. Nadie fotografía mejor que él la pasión contenida, el fulgor desatado y el sabor amargo de los caminos del amor, para los que a veces ir en línea recta supone dar todo un rodeo de casi 3602 millas de distancia.

Lo mejor: Jude Law y la parte de Nueva York

Lo peor: Aunque se defiende no entiendo la elección de Norah Jones

Rebobine, por favor. Opinión, crítica, reseña

Valoración ****

Disfrutar de las versiones que los inefables Jack Black y Des Mof se sacan de la manga de Los Cazafantasmas o Robocop es una experiencia cuanto menos delirante, pero esta supone además asistir al nacimiento de un pionero sistema de piratería, para supervivientes de la guerra de formatos, que afecta a la médula del asunto, el tráfico de ideas. Casi diríamos que se trata de algo revolucionario, si no fuera porque a su vez es también algo profundamente antiguo. Ya en los albores del cine gente como Méliés se rompía la cabeza para poner sus escasos medios al servicio de la creatividad, y no al revés, sintoma del cine de hoy día. En este sentido los primeros minutos de la cinta funcionan perfectamente como pista. Si Nueva Jersey puede apropiarse de Fatts Waller e inventarse una ficción sobre el mismo, ¿por qué no iba a hacer su propia ficción de la mayor de las ficciones, Hollywood? La cosa tiene su miga, porque lo que consigue esta pequeña localidad, es toda una quimera, a la altura de las grandes utopías sociales. Ni más ni menos que escapar a los límites del circuito establecido, con un sistema de producción underground, orgulloso de su falta de recursos. Puede que los quebraderos de cabeza de estos 2 freaks para rodar sus suecadas, guiño envenenado a la globalización del arte, corran el riego de pasar inadvertidos como broma chanante entre colegas, pero se transluce además cierta melancolía, cierta nostalgia, casi un imperativo de pulsar rewind. La resolución de la histora camina en este sentido: como una fábula a lo Capra sobre la necesidad de evitar que nos capitalicen los sueños, resumida en la potente imaginería de un proyector reversible que deja escapar las imágenes, incapaz de apresarlas.

Lo mejor: Jack Black y el descacharrante número de Los Cazafantasmas

Lo peor: Que no se aproveche más a Sigourney Weaver para algún chiste.

Artículos relacionados. Sobre La ciencia del sueño.

Análisis 4×05. The constant, Perdidos.

CONTIENE SPOILERS DEL CAPÍTULO

Episodio 3×08, Flashes before your eyes, Desmond llora desconsolado frente la fotografía que se hizo junto a Penélope el día en que decidieron romper; y es que el escocés acaba de regresar de ese justo instante, sin poder tampoco esta vez evitar caer en el mismo error. La paradoja es sencilla, Desmond está condenado a quedar atrapado por su pasado, ante la certeza de que sólo repitiendo ese fallo podrá conseguir algún día escapar de él. Parece como si necesitara reescribir su pasado en clave heroica, como si quisiera justificar el desprecio de Charles Widmore inventándose un futuro épico en el que acabará salvando a la humanidad pulsando la secuencia 4, 8, 15, 16, 23, 42 en una remota escotilla.

Ahora en el 4×05, The constant, los guionistas vuelven a por más de lo mismo, pero esta vez sin coartadas. Ciencia-ficción pura. No es esto lo que yo quería para Lost, pero he de reconocer que si funciona tan eficazmente como lo hace aquí, no puedo quejarme. Esta vez los viajes en el tiempo sí resultan reales, aunque sean mentales. Mientras que el episodio 3×08 trataba sobre el fatalismo del amor condenado por el implacable determinismo del tiempo, este habla de su supervivencia a través de la memoria, único recurso que nos queda ante la inevitabilidad. Desmond más que viajar al pasado, lo que hace es indagar en sus recuerdos, reales o simulados, hasta dar con el auténtico motivo que le ha mantenido con vida todos esos años, un número de teléfono que ninguna compañía ha dado todavía de baja. Matemática del azar para superar cualquier tipo de frontera. Homero interpretado a través de los postulados de Eisenstein. El héroe griego desmenuzado con ecuaciones de física cuántica. Bendita enfermedad esta de la isla que nos obliga a explorar en los límites de la consciencia la verdadera razón por la que existimos. Después de todo si Desmond olvidara a Penélope, ¿qué sentido habría tenido entonces su odisea? Supongo que la respuesta está en la poética de una vieja fotografía, tomada para inmortalizar un momento que no quiere quedarse quieto, y revelada ante una mente inmaculada que necesita no olvidar lo que un día fue. Eso sí que son viajes en el tiempo.

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